Bakkaflói es el nombre que recibe una amplia bahía, situada cerca del extremo nororiental de Islandia. Al noroeste, está flanqueada por la península de Langanes, con una longitud de 40 kilómetros, que alcanza su techo en los 719 metros del Gunnólfsvíkurfjall. Al sureste, la mucho más modesta Digranes la separa del Vopnafjörður. En su costa encontraremos otros tres fiordos, de reducidas dimensiones. De oeste a este son Finnafjörður, Miðfjörður y Bakkafjörður. En este último se ubica la localidad homónima, habitada por unas 70 personas. El único núcleo urbano digno de tal nombre en toda la bahía.

Me aproximaba a Bakkaflói desde el sur, procedente de Vopnafjörður. La carretera 85, también conocida como Norðausturvegur, recorría una áspera llanura cubierta por un manto helado, donde la única vegetación eran unas cuantas briznas de hierba resecas, que a duras penas lograban sobresalir entre la nieve. Al menos, su pavimento estaba razonablemente limpio y había dejado atrás el último temporal, que pasó sobre mi cabeza mientras atravesaba Vopnafjörður.

Bakkaflói desde Sandvíkurheiði

Bakkaflói desde Sandvíkurheiði.

Hice una breve pausa en una explanada cerca de un promontorio, poco después de cruzar el límite entre los municipios de Vopnafjarðarhreppur y Langanesbyggð. Mientras caminaba hacia el pequeño montículo, los únicos sonidos que escuchaba procedían del viento y la nieve helada quebrándose bajo mis pies. Me rodeaba un páramo estéril, salpicado de pequeñas lagunas congeladas. Éstas se podían identificar por su inmaculada superficie blanca, que las diferenciaba del resto del terreno, en su mayor parte cubierto de nieve entremezclada con piedras volcánicas y algunas hierbas muertas. Los restos resecos del anterior verano. La llanura descendía hacia las gélidas aguas de Bakkaflói, enmarcadas por las montañas de Langanes. Todo bajo un grueso manto de nubes grises, que el sol tan solo lograba romper tímidamente en la falda meridional del Gunnólfsvíkurfjall. La sensación de aislamiento era absoluta. Impresionante, incluso para la casi siempre solitaria Islandia.

Reanudé la ruta. La carretera se encaminaba hacia Bakkaflói, zigzagueando por el yermo páramo. El impecable asfalto, prácticamente limpio de nieve, se combinaba con el impresionante entorno y la ausencia de tráfico para hacer de la conducción una experiencia asombrosamente gratificante. Conducir en esas condiciones por Islandia es tan diferente a lo que generalmente hacemos en nuestro día a día, que hasta debería tener un nombre distinto.

Pronto llegué al desvío de la carretera 91, que lleva a Bakkafjörður. Pensaba haber visitado el diminuto puerto, pero comenzaba a ir con cierto retraso y no quería arriesgarme a que la noche me sorprendiera en una zona desconocida y tan despoblada. De todos modos, Bakkafjörður aparentaba ser una más de las normalmente destartaladas localidades de Islandia. En este caso, con el mérito de ser la más alejada por carretera de Reikiavik en toda la isla. Se podía decir que, en aquel desvío, había alcanzado el punto más extremo de mi periplo invernal. También llegaba a la Carretera de la Costa Ártica. Una incipiente ruta turística que precisamente tiene su límite oriental en Bakkafjörður.

Skeggjastaðakirkja

Skeggjastaðakirkja.

En cambio, me detuve en la iglesia de Skeggjastaðir. A pesar de haber sido edificada en 1845, la pequeña Skeggjastaðakirkja es la iglesia más antigua del este de Islandia. Parece que su construcción fue sufragada por el reverendo Hóseas Árnason y, para levantarla, se utilizó madera de deriva, recogida en la cercana Langanes. Los troncos que llegan a la costa de Islandia desde los lejanos ríos siberianos han sido durante siglos la principal fuente de madera de la isla, sobre todo en su orilla septentrional. Había leído que la iglesia tiene un púlpito del siglo XVIII, traído directamente desde Dinamarca, pero no pude comprobarlo. Al encontrar sus puertas cerradas, tuve que conformarme con contemplar su sencillo pero fotogénico exterior.

Stapi, en Bakkaflói

Stapi, en Bakkaflói.

Seguí avanzando, esta vez hacia el promontorio rocoso de Stapi. Un lugar que resultó ser un pequeño oasis de vida en medio de tanta desolación. No se puede decir que fuera un vergel, pero su suelo estaba parcialmente cubierto por una mullida capa de hierba seca, que unida a la nieve hacía bastante complicado caminar, pues era difícil encontrar terreno consistente. Además, soplaba un viento del norte, gélido y racheado. Había que ir con cuidado para no sufrir una caída.

Stapavik

Stapavik.

El viento parecía hacer las delicias de las numerosas aves que pueblan los acantilados. La pequeña ensenada de Stapavik era sobrevolada continuamente por gaviotas y fulmares. Más allá de sus frías aguas, podía ver el saliente que la abraza por el norte y, todavía más lejos, la costa oriental de Langanes. Una costa completamente salvaje, pues Langanesvegur, la única carretera que recorre la península, lo hace por la orilla contraria. La península tuvo cierta importancia estratégica en los tiempos de la Guerra Fría. Desde su estación de radar se vigilaban los movimientos de los aviones y buques soviéticos que utilizaban el corredor entre Islandia y Groenlandia para salir a mar abierto. Sus instalaciones fueron abandonadas en 2006 y, aunque es posible visitarlas, parece que se encuentran muy deterioradas. En cualquier caso, tampoco podría comprobarlo. Langanesvegur suele estar cerrada en invierno.

Retomé mi camino, pensando que había dejado atrás las últimas señales de presencia humana en la inhóspita costa. Estaba equivocado. Tras un par de curvas, comencé a distinguir a lo lejos unos edificios de reducidas dimensiones, que resultaron ser la granja de Þorvaldsstaðir. ¿De verdad era posible vivir en un lugar tan hostil, o Þorvaldsstaðir resultaría ser una más de las numerosas granjas abandonadas de Islandia? Decidí parar a curiosear.

Þorvaldsstaðir y costa oriental de Langanes

Þorvaldsstaðir y costa oriental de Langanes.

La granja estaba formada por un par de casas, un cobertizo y, algo más hacia el este, una nave de mayores dimensiones. Un camino, cubierto de nieve y flanqueado por hierba amarillenta, comunicaba Þorvaldsstaðir con la carretera. Mas allá, las gélidas aguas de Bakkaflói y, como telón de fondo, las montañas de Langanes. Todo a su alrededor parecía estar tan muerto como las resecas briznas de hierba que sobresalían de la nieve. Y, sin embargo, la granja estaba habitada. Una luz encendida sobre su puerta y las rodadas recientes en el camino dejaban poco espacio a la duda.

Þorvaldsstaðir, en Bakkaflói

Casa en Þorvaldsstaðir.

Quizá parezca contradictorio, pero el hecho de que alguien fuera capaz de sobrevivir en un lugar tan aislado y hostil, más que mitigar, realzaba la sensación de desolación que me trasmitía la costa de Bakkaflói. Sé que hay emplazamientos más inhóspitos. Conozco algunos, en Spitsbergen o Jan Mayen. Pero éstos tan solo suelen estar habitados por militares o científicos, además de depender completamente de la ayuda exterior para subsistir. Jamás han pretendido ser mínimamente autosuficientes. Desde luego, Þorvaldsstaðir tampoco lo es en la actualidad. Pero, durante siglos, las aisladas granjas de Islandia eran comunidades prácticamente autónomas, que comerciaban con el resto de la isla y Escandinavia, pero podían subsistir durante largos periodos completamente aisladas. La precaria agricultura, la ganadería, la peligrosa pesca y los troncos que llegaban flotando por el mar bastaban para proveerlas de todo lo necesario. Que tampoco era mucho, en una sociedad poco acostumbrada a la opulencia.

Ovejas junto a Þorvaldsstaðir

Ovejas junto a Þorvaldsstaðir.

Estaba absorto en mis reflexiones, cuando escuché el ruido de un motor acercándose. Era el primer vehículo que veía desde que había salido de Vopnafjörður. Pasó a mi lado lentamente, mirándome con curiosidad, mientras con la mano me hacía un sutil gesto de saludo. Por un momento, pensé que se detendría a preguntarme si tenía algún problema. Pero debió observar la cámara que llevaba en la mano y pasó de largo. Para mi sorpresa, tomó el desvío que llevaba hacia la nave, a unos doscientos metros de mi ubicación, acrecentando mi curiosidad por el lugar. Comencé a caminar en la misma dirección, cuando vi que el vehículo, un 4×4 de grandes dimensiones, se reincorporaba a la carretera, camino de Bakkafjörður. Aparentemente, había pasado por la granja para dejar que sus ovejas dieran un paseo por el campo, pues éstas comenzaron a desparramarse por la costa. Pese a que las ovejas pasan el duro invierno islandés protegidas en las granjas, es habitual dejarlas salir por las inmediaciones de éstas cuando el tiempo es agradable, con el fin de que disfruten del aire libre y hagan ejercicio. Lo cual significaba que había acertado a visitar Bakkaflói en un buen día. Quién lo diría.

Ovejas frente a Langanes

Ovejas frente a Langanes.

Al igual que los caballos, las ovejas de Islandia forman una raza única, adaptada a las duras condiciones de la isla. También son más bajas y resistentes de lo normal en su especie. Pero su principal característica es un grueso abrigo de lana, con dos capas de protección, que las aísla del frío. Se cree que descienden de los ejemplares que llevaron los primeros pobladores de la isla, en los siglos IX y X. Alcanzaron su mayor número en la década de 1970, cuando había casi 900.000. Cuatro veces más que humanos. En la actualidad, se calcula que son unas 430.000. Aún sigue habiendo más ovejas que habitantes, aunque no por mucho tiempo.

Al sur del Miðfjörður

Djúpilækur.

Regresé al coche, pero apenas logré avanzar un par de kilómetros. Nuevamente me encontré con otra granja, llamada Djúpilækur. En este caso, con claros signos de estar abandonada. Sus ventanas rotas permitían que el gélido viento, que cada vez soplaba con más fuerza, penetrara en el interior de la estructura. ¿Quién habría vivido entre sus paredes? ¿Cuándo y porqué la abandonarían? Nunca lo sabré, pero la visión de la casa abandonada me llenó de melancolía. Una a una, las granjas más remotas de Islandia van quedando desiertas. Quizá sea inevitable. ¿Quién estaría dispuesto a llevar una vida tan dura y aislada? Pero, con cada granja que desaparece, se desvanece un pedazo de historia del país. Muchas de ellas han estado habitadas desde los lejanos tiempos del landnámsöld por los descendientes de aquellos que llegaron desde Noruega. Algunas, todavía llevan el nombre de aquel que las fundó, hace un milenio.

Djúpilækur

Djúpilækur.

Al regresar al coche, pude observar que me encontraba en el aparcamiento de un pequeño monumento. Rendía homenaje a Jonás Kristján Einarsson, un poeta islandés nacido en esa misma granja en 1916. Como descubrí después de regresar a Madrid, Magnúsar Stefánssonar, que escribía bajo el seudónimo de Örn Arnarson, había nacido en 1884 en Kverkártunga y pasó la mayor parte de su infancia en la vecina Þorvaldsstaðir. Apenas 2.000 metros y 32 años separaban a dos figuras que, aunque desconocidas fuera de Islandia, fueron importantes en la literatura islandesa de la primera mitad del siglo XX. Ambos vivieron cerca de la despoblada orilla del Bakkaflói y ambos pasaron sus primeros años de vida realizando arduos trabajos agrícolas en un entorno duro y hostil. ¿Cómo influiría éste en su forma de describir el mundo? Como lector empedernido, siempre me ha seducido la fructífera relación entre los hijos de Islandia y la literatura. Hay quien la atribuye a la herencia de las Sagas. Pero es imposible ignorar que el duro entorno en el que viven favorece el recogimiento y la introspección.

Gunnólfsvíkurfjall

Gunnólfsvíkurfjall.

En cualquier caso, aquella tarde no tenía mucho tiempo para reflexionar. El día empeoraba por momentos. Un viento gélido, procedente del norte, soplaba cada vez con mayor intensidad. Eran más de las tres de la tarde y aún estaba a 187 kilómetros de mi destino, en Húsavik. Tenía que acelerar mi lento avance por el norte de Islandia. A pesar de lo cual, no pude evitar hacer una última pausa. Me costaba dejar atrás una costa tan dura y solitaria, que parecía ejercer sobre mí un efecto hipnótico. Como si quisiera despedirse con sus mejores galas, el Gunnólfsvíkurfjall se erguía orgulloso sobre las aguas del Finnafjörður, con su silueta recortándose sobre un telón blanquecino y su cima coronada por una nube gris. La pálida cortina que enmarcaba al Gunnólfsvíkurfjall se movía lentamente hacia el sur, devorando una tras otra las montañas que encontraba a su paso. Señal inequívoca de que se acercaba un nuevo temporal. El entorno era de una belleza áspera y salvaje, acentuada por la proximidad del frente de nieve. Pero corría el riesgo de quedarme incomunicado. Debía seguir mi camino.

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Para ampliar la información:

Quien no tenga experiencia conduciendo en invierno por estas latitudes, puede encontrar consejos prácticos en https://www.depuertoenpuerto.com/wordpress/conducir-en-islandia-el-invierno/.

En inglés, la web de la Carretera de la Costa Ártica está en https://www.arcticcoastway.is/.

La web del municipio de Langanesbyggð tiene una sección con información turística: https://www.langanesbyggd.is/info.

La página Visit North Iceland tiene una breve entrada sobre Bakkafjörður: https://www.northiceland.is/en/destinations/towns/bakkafjordur.

Aquellos interesados en conocer la literatura islandesa, pueden visitar https://www.islit.is/en.