Mi viaje de febrero de 2020 estaba concebido como un largo peregrinaje hacia el Ártico. En cierto modo, era una mezcla de mis dos anteriores periplos invernales, bebiendo de las experiencias acumuladas, a la vez que intentaba complementarlos. Articulé el itinerario en torno a cuatro objetivos principales: visitar Roskilde y su museo de barcos vikingos, recorrer en barco el fiordo de Oslo, resarcirme de mi anterior fracaso en el Lysefjord y visitar con cierta calma las islas Lofoten. Logré cubrirlos todos, aunque coseché una nueva ronda de tareas pendientes para años venideros.

Interior de la catedral de Roskilde

Interior de la catedral de Roskilde.

El viaje acabó durando 17 días, a los que hay que añadir otros dos, para los trayectos en avión desde y hasta Madrid. Pese a que mi plan inicial era viajar solo en tren o en barco, el imprevisible clima de Noruega acabó obligándome a cambiar de planes sobre la marcha. Al final, acabé haciendo dos tramos en autobús.

Atardecer en Trøndelag

Atardecer en Trøndelag.

El itinerario quedó como sigue:

Un viaje largo e intenso, en el que se mezclaron lugares desconocidos, como Roskilde, Å o Henningsvær, con otros en los que había estado varias veces, como Oslo, Trondheim o Tromsø. También hubo algunos, como Svolvær o Skjervøy, que apenas conocía, pese a haber hecho escala durante mi viaje en el Finnmarken.

Tormenta de granizo en el Moldefjorden

Tormenta de granizo en el Moldefjorden.

Era la tercera vez que viajaba a Noruega en invierno, por lo que sabía perfectamente lo que podía esperar. A pesar de lo cual, tuve mucho peor tiempo que en anteriores ocasiones. Nunca había sentido con tanta intensidad la furia del Ártico como en las inmediaciones de Å, cuando el viento y el granizo casi me hacen caer al suelo. Ni ninguna nevada tan intensa como la que me acompañó en mi trayecto entre Unstad y Svolvær. Lejos de suponer un problema, la adversa climatología añadió interés al itinerario, mostrándome la cara más adversa del profundo norte de Noruega.

Cartel coronavirus en Noruega

Cartel coronavirus en Noruega.

La cruz la puso la pandemia de coronavirus. Salí de una España en la que los casos podían contarse con los dedos de una mano, para ir a una Noruega completamente libre del virus. El COVID era una amenaza remota e incierta, que casi nadie se tomaba demasiado en serio. En Noruega, era bastante común encontrar carteles con advertencias en el transporte público, escritos en noruego, inglés y chino. Por lo demás, la vida era completamente normal. Los casos en España comenzaron a dispararse el 26 de febrero, mientras yo navegaba hacia el norte a bordo del Kong Harald. Ese mismo día, se tuvo conocimiento del primer infectado en Noruega. Precisamente en Tromsø, donde hice escala por la tarde. Me enteré el día siguiente, mientras regresaba a la ciudad en autobús. El día 28, una extraña sensación de desasosiego flotaba en su aeropuerto. Aunque, en el fondo, nadie imaginaba lo que nos esperaba.

Entrando al túnel de Maursund

Entrando al túnel de Maursund

Desde entonces, no he vuelto a hacer un viaje normal. Aunque he seguido saliendo al extranjero, siempre ha sido con problemas, restricciones y, sobre todo, mucha incertidumbre. Pero, si algo echo de menos, son los barcos. Poco podía sospechar, cuando descendí del Kong Harald en un congelado muelle del Ártico noruego, que pasarían muchos meses antes de poder volver a viajar por mar.

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