Tras alcanzar las inmediaciones del extremo oriental de Islandia, había llegado la hora del largo regreso hacia el aeropuerto de Keflavik, junto a su confín occidental. En cierto modo, era un momento triste, pues comenzaba el largo regreso a casa. Pero, de camino, recorreríamos algunos de los lugares más espectaculares de la isla, en una ruta de 769 kilómetros por su costa meridional. La primera etapa, de 351 kilómetros, nos llevaría a Hnappavellir, cerca del extremo meridional del Vatnajökull.

Llegando a Reyðarfjörður

Llegando a Reyðarfjörður.

El plan inicial era recorrer el paso de montaña de Öxi, en la carretera 939, y reincorporarnos a la Ring Road en Berufjörður. Cuando salimos del hotel, nos encontramos con un día plomizo, en el que la niebla ocultaba el paisaje tan solo unos metros por encima de nuestras cabezas. No tenía sentido realizar un largo trayecto por pistas de tierra en esas condiciones. Cambiamos de plan sobre la marcha y descendimos de Egilsstaðir hacia la costa por la Ring Road, siguiendo el curso del Fagradalsá. Según avanzábamos hacia el sur, la niebla no tardó en levantar, permitiéndonos contemplar las montañas que forman el flanco occidental del valle. Quizá hubiera sido mejor ajustarnos a nuestra primera idea. En cualquier caso, era demasiado tarde para rectificar.

Reyðarfjörður

Reyðarfjörður.

Cuando llegamos a Reyðarfjörður el día era impresionante. Bajo el manto continuo de nubes que cubría el cielo, varios bancos de niebla se aferraban a las laderas de las montañas y las tranquilas aguas del fiordo, ocultándolo parcialmente. Podíamos haber tomado el desvío por la 955, para recorrer la península de Vattarnes pero, anticipando lo que iba a ocurrir, preferí seguir por la Ring Road y el túnel de Fáskrúðsfjarðargöng.

Vattarnes y Skrúður

Vattarnes y Skrúður.

A partir de la salida del túnel, se cumplieron mis presagios. A la belleza natural de los Fiordos del Este se unía una irresistible mezcla de nubes y brumas, muy similar a la que me había fascinado durante nuestra primera visita a los Fiordos del Oeste. La ruta se convirtió en un lento peregrinar, de aparcamiento en aparcamiento, disfrutando de las espléndidas vistas mientras recorríamos, uno tras otro, los mismos puntos panorámicos que durante mi anterior periplo por la zona, en el invierno de 2019. El paisaje, pese a la ausencia de nieve, seguía siendo increíblemente hermoso.

Súlur entre las nubes

Súlur entre las nubes.

El impecable asfalto hacía sencillo olvidar que comunicación por tierra entre los fiordos ha sido complicada hasta fechas muy recientes. Una muestra es el tramo de carretera que une Stöðvarfjörður y Breiðdalsvík, rodeando Kambanes. Hasta 1962 solo se podía realizar el trayecto caminando o a caballo, atravesando el paso de Timburgatnaskarđ o recorriendo una senda por los peligrosos canchales de la costa, bajo los imponentes riscos del Súlur. Ese año, se abrió una primera pista de tierra, que fue sustituida por la actual carretera asfaltada en 2002.

Berufjörður

Berufjörður.

La carretera zigzagueaba ceñida a la costa, saltando de una ensenada a otra. Los fiordos orientales de Islandia no son como los noruegos, largos entrantes de mar serpenteando entre agrestes montañas cubiertas de bosques. Pese a ser mucho más modestos, incluso comparados con sus hermanos del oeste de la isla, no carecen de atractivo. La falta de espectacularidad se ve compensada por la extraña geología de Islandia, que crea paisajes irreales. Aquella mañana, las nubes añadían una capa adicional de singularidad al entorno, enlenteciendo aun más nuestro avance.

Sveinstekksfoss en verano

Sveinstekksfoss en verano.

Finalmente, pasadas las 10 de la mañana, conseguimos llegar a la que sería nuestra última parada en los fiordos: la hermosa Sveinstekksfoss. La cascada, también conocida como Nykurhylsfoss, apenas tiene 15 metros de altura, pero forma una estampa que, sin ser rival de la que había podido disfrutar durante mi visita invernal, tenía un indudable atractivo. El Fossá, cuyo nombre se traduciría por «Río de las Cascadas», tiene varios saltos de agua en su curso superior, pero nos faltaba tiempo para explorarlas adecuadamente. Regresamos a la Ring Road y nuestra ruta hacia el oeste.

Lækjavik y roca de Stapi

Lækjavik y roca de Stapi.

Tras dejar atrás los Fiordos del Este, nos detuvimos en Lækjavik, un lugar que había conocido durante un precioso amanecer invernal. Sabía que, llegando a las 11 de una mañana de verano, las condiciones de luz serían radicalmente distintas. Pero no esperaba un cambio tan acusado, en el que hasta la negra arena de la playa parecía haberse vuelto gris. El mar, en un día completamente calmado, tampoco guardaba la menor semejanza con el de mi anterior visita. Tan solo la roca de Stapi parecía mantenerse inmutable, en medio de un entorno asombrosamente apacible.

Eystrahorn entre las nubes

Eystrahorn entre las nubes.

La siguiente parada fue en Eystrahorn, el Cuerno del Este. La ausencia de viento y oleaje privaban a la amplia bahía de Lónsvik de la impresionante fuerza de mi visita invernal. Las nubes bajas tampoco nos permitieron contemplar la agreste silueta de Eystrahorn. Aprovechamos la calma para dar un tranquilo paseo por la amplia playa que separa Lónsfjörður del mar abierto. Agradable, pero un tanto decepcionante en comparación con el salvaje entorno que tenía en mi memoria.

Vestrahorn.

Vestrahorn, el Cuerno del Oeste, forma uno de los escenarios más dramáticos de Islandia. Con sus 454 metros de altura elevándose directamente desde una espectacular playa de arena negra, sus laderas de gabro, un material muy poco habitual en la isla, dan a la cadena de montañas su característico aspecto.

No nos detuvimos en Höfn. La pequeña ciudad tiene poco que ofrecer y nosotros íbamos algo justos de tiempo. Seguimos avanzando por la Ring Road, que realizaba un largo rodeo hacia el interior, para salvar la desembocadura del Hornafjarðarfljót. Una vez atravesamos el largo puente, de 225 metros de longitud, que atraviesa sobre el río, el paisaje comenzó a estar dominado por las lenguas glaciares que descienden desde el Vatnajökull. La vista hacia el noroeste de la carretera era impresionante, pero no logramos encontrar un lugar adecuado para detenernos hasta después de cruzar el puente sobre el Hólmsá.

Desde lo alto de Eskey

Desde lo alto de Eskey.

Allí encontramos un aparcamiento y una senda que conducía hasta Eskey, una pequeña colina que comparte nombre con una granja cercana, actualmente abandonada. Pese a tener poco más de 30 metros de altura, éstos eran suficientes para ofrecer, más allá de la llanura de Heinabergssandur, una magnifica vista sobre las lenguas glaciares del flanco suroriental del Vatnajökull.

El Fláajökull desde Eskey

El Fláajökull desde Eskey.

El paisaje estaba dominado por tres grandes glaciares. Al norte, el Fláajökull. Una lengua de 15 kilómetros de longitud y 2 de ancho, que desagua mediante el río Hólmsá. Como tantos ríos glaciares de Islandia, éste tiene un curso tan imprevisible como errático. El último cambio en el río se produjo en 1930, cuando el retroceso del Fláajökull provocó que su curso se desplazara hacia el este, amenazando varias granjas en la llanura de Mýrar. Siete años más tarde, se excavó a mano un canal para obligar al río a recuperar su antiguo cauce.

Skálafellsjökull y Heinabergsjökull

Skálafellsjökull y Heinabergsjökull.

Más al sur, los glaciares Skálafellsjökull y Heinabergsjökull reptaban entre las montañas de basalto. A mediados del siglo XIX, ambos se fusionaban en una gran lengua glaciar, que se dividió en dos durante la primera mitad del siglo XX. El retroceso de los glaciares provocó varias riadas entre 1898 y 1920, al romperse el dique de hielo que, desde mediados del siglo XVIII, había dado origen al lago Dalvatn. Las sucesivas inundaciones de la llanura de Mýrar y los cambios en los ríos glaciares que la atraviesan, acabaron amenazando la viabilidad de las granjas que se repartían por la zona. La propia Eskey es un buen buen ejemplo. La granja, cuyas tierras llegaban hasta el mar, tuvo que desplazarse por primera vez a finales del siglo XVII. A principios del siglo XX se trasladó nuevamente, a un lugar llamado Selbakki. El daño y el aislamiento provocado por los ríos obligó a su abandono definitivo en 1925, cuando fue absorbida por la vecina Flatey.

Regreso a Jökulsárlón.

Llegábamos a Jökulsárlón a media tarde, con cierta inquietud. Por una parte, tras una visita un tanto decepcionante a Vestrahorn, temíamos repetir el desengaño en otro de los lugares emblemáticos de Islandia. Por otra, sabíamos que Diamond Beach y Glacier Lagoon, como popularmente se conocen sus dos principales reclamos turísticos, son lugares tremendamente populares.

Tras recorrer Jökulsárlón, aún nos quedaba visitar el cercano Fjallsárlón. Pero era tarde y comenzábamos a estar cansados y hambrientos. Decidimos ir directamente al Fosshótel Glacier Lagoon, donde teníamos habitación reservada, y dejar la laguna glaciar para la mañana siguiente.

Para ampliar la información:

En este mismo blog, las entradas sobre mi viaje invernal por la zona están en https://www.depuertoenpuerto.com/wordpress/los-fiordos-del-este/ y https://www.depuertoenpuerto.com/wordpress/de-djupivogur-a-hnappavellir/.

En Mi Baúl de Blogs dedican una entrada a la cascada de Sveinstekksfoss: https://www.mibauldeblogs.com/cascada-de-sveinsstekksfoss/

En inglés, la web Hit Iceland tiene una entrada sobre Álftafjörður (https://hiticeland.com/places_and_photos_from_iceland/álftafjörður) y otra dedicada a Eystrahorn (https://hiticeland.com/places_and_photos_from_iceland/eystrahorn).

La web Guide to Iceland contiene un artículo del fotógrafo danés Mads Peter Iversen sobre Eystrahorn: https://guidetoiceland.is/connect-with-locals/5176/my-new-favorite-location-in-iceland-for-photography-eystrahorn.

La web oficial de turismo de Austurland está en https://www.east.is.

Por último, muy recomendable la larga entrada del blog bite of iceland: https://www.biteoficeland.com/east-fjords-iceland/.

 

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