Comenzaba mi última etapa del viaje a bordo del Polarlys. Los aproximadamente 730 kilómetros que separan Trondheim de Svolvær, la capital de las Lofoten. El barco emplearía casi 32 horas en realizar la travesía, zarpando de Trondheim a las 13:15, para llegar a Svolvær a las 21:00 del día siguiente. Allí tenía previsto desembarcar, para pasar cinco días recorriendo las Lofoten en coche. A continuación, reanudaría mi viaje hacia el norte, esta vez a bordo del Kong Harald.

Remando en el Trondheimsfjorden

Remando en el Trondheimsfjorden.

Hasta ese momento, el día y medio que llevaba navegando en el Polarlys, sin estar falto de interés, no había cubierto mis expectativas. Los cambios de horario y, sobre todo, las condiciones meteorológicas, parecían confabular, intentando evitar que repitiera el increíblemente hermoso viaje del 2018. Tan solo durante la mañana anterior, llegando a Trondheim, la situación parecía haber dado un giro, cuando entramos en el Trondheimsfjorden en medio de un interesante amanecer. Ahora zarpábamos al mediodía, en una jornada que, tratándose del mes de febrero, se podría calificar como espléndida. Un par de grados de temperatura, los claros dominando sobre las nubes y un viento imperceptible. Lo cual se reflejaba en el campo circundante, donde tan solo las cimas mostraban restos de nieve. En unos minutos, dejamos atrás el islote de Munkholmen, para encontrarnos con una escena un tanto extraña. En medio del amplio fiordo, un frágil bote avanzaba, impulsado por tres remeros, a una velocidad que me pareció asombrosa. Aparentemente, los herederos de los vikingos no habían olvidado del todo las habilidades de sus ancestros.

En el Trondheimsfjorden

En el Trondheimsfjorden.

Poco más de media hora después, superábamos la campana de niebla, o tåkeklokke, de Rødberg y enfilábamos la parte exterior del fiordo. La jornada seguía mejorando, con un cielo cada vez más despejado. Viendo las fotos, podrían corresponder a un día de finales de verano.

El Finnmarken en dique seco

El Finnmarken en dique seco.

Mientras pasábamos frente al dique seco de Rissa, me llevé una nueva sorpresa. Al observar el barco en el que estaban trabajando, su silueta me resultó familiar. Mirándolo con más detenimiento, me di cuenta de que se trataba del Finnmarken, el buque de Hurtigruten en el que había realizado la ruta completa dos años atrás. Entonces recordé que la renovación del barco, para adaptarlo a los nuevos estándares de la compañía, estaba prevista precisamente para el 2020. No pude evitar sentir una punzada de nostalgia, recordando los buenos momentos que había pasado en sus cubiertas.

Costa de Trondheimsleia

Costa de Trondheimsleia.

Al filo de las tres de la tarde, superábamos el faro de Agdenes y nos adentrábamos en el Trondheimsleia, el largo canal, entre las islas de Hitra, Smøla y el continente, por el que transita buena parte de la navegación de cabotaje con destino a Trondheim, protegida de los caprichos del mar de Noruega. A pesar de encontrarnos más cerca de aguas abiertas, el día seguía siendo espléndido. Incluso había subido la temperatura, al dejarse sentir con más fuerza la cálida influencia de la corriente del Golfo.

Tras una breve navegación hacia el suroeste, pronto superamos la isla de Garten y el Polarlys volvió a enfilar rumbo norte. En unos minutos estábamos frente al faro de Kjeungskjæret, quizá el más fotogénico de toda la costa noruega. Las condiciones de luz eran perfectas. Además, al contrario que en mi anterior travesía con Hurtigruten, me había posicionado en el lugar perfecto para fotografiarlo. El resultado fue una serie de tres instantáneas que, aunque no lo parezca, están tomadas en tan solo tres minutos y medio, aprovechando el cambio de perspectiva que ofrecía el propio movimiento del barco.

Atardecer en la costa de Trøndelag

Atardecer en la costa de Trøndelag.

Superado el faro, la navegación prosiguió con rumbo NNE, entre las islas, escollos y rompientes de la costa de Trøndelag. El sereno atardecer que nos rodeaba contrastaba con la ventosa tarde de mi anterior travesía y parecía presagiar que, finalmente, mi suerte estaba cambiando.

Faro de Adsenvågøy

Faro de Adsenvågøy.

Debido al nuevo horario, la puesta de sol nos alcanzó navegando al este del faro de Adsenvågøy. Éste es poco más que una pequeña torre, encaramada en lo alto de un peñasco, por lo que su plano focal se encuentra a 30 metros sobre el nivel del mar. Lleva en servicio desde 1929, estando automatizado desde 1975. Como suele ser común en Noruega, es posible alojarse en las antiguas habitaciones del farero, aunque la única información disponible está en noruego.

Krokholmsundet

Krokholmsundet.

Llegamos a Krokholmsundet con las últimas luces del día. Aún recordaba la impresionante maniobra del Finnmarken, atravesando el estrecho a velocidad de crucero, indiferente al intenso vendaval que escoraba el barco casi cinco grados a babor. Al igual que en Kjeungskjæret, me había posicionado en un lugar privilegiado, anticipando la maniobra. Pero, según nos aproximábamos a Krokholmsundet, se hizo evidente que algo fallaba en mis planes. En lugar de enfilar hacia el estrecho paso entre Brennholmen y Krokholmen, el Polarlys rodeó esta última por el oeste, entrando directamente en Stokksundet. La ausencia de viento y el ligero cambio en la ruta me privaron de uno de los momentos más impactantes de mi anterior singladura. No logré averiguar el motivo del cambio, pues el itinerario «oficial» de Hurtigruten pasa por el estrecho y el Polarlys tiene menos calado que el Finnmarken. En cualquier caso, el desvío me permitió contemplar, desde otro ángulo, el angosto pasaje que había atravesado dos años atrás.

Amanece en Helgeland

Amanece en Helgeland.

Cuando desperté a la mañana siguiente, hacía poco que habíamos zarpado de Nesna y navegábamos por el Stigfjorden, en medio de un laberinto de islas. Estábamos en la costa de Helgeland, quizá la más hermosa de Noruega. Y, por lo que pude ver según salía a cubierta, llegábamos al comienzo de un prometedor amanecer.

Cielo rojo en Helgeland

Cielo rojo en Helgeland.

En poco más de diez minutos, las promesas se materializaron y el cielo se encendió con un color rojizo asombrosamente intenso, que se reflejaba en las aguas gélidas por las que navegábamos. El contraste entre los tonos fríos de las cumbres nevadas y la falsa calidez del cielo daba un aire irreal a la escena. En cualquier caso, ésta palidecía en comparación con la foto que me enseñó un miembro de la tripulación. Se la acababa de enviar un amigo, que navegaba rumbo sur a bordo del Kong Harald, unos cuantos kilómetros al norte de nuestra posición.

Navegando frente al Okstinden

Navegando frente al Okstinden.

A pesar de encontrarnos rozando el círculo polar ártico, el amanecer acabo siendo tan breve como espectacular. En apenas diez minutos, mientras nos aproximábamos al puntiagudo pico de 791 metros del Okstinden, el cielo recuperó cierta normalidad, aunque las nubes siguieran teñidas de una agradable luz anaranjada, que impregnaba sutilmente el paisaje. En cualquier caso, Helgeland comenzaba a mostrar todo su esplendor. La conjunción entre el asombroso amanecer y la costa que teníamos enfrente me hizo olvidar de golpe los sinsabores del comienzo del viaje. Tenía frente a mí un paisaje tan hermoso como espectacular, en un día con condiciones óptimas. Justo lo que buscaba cuando decidí repetir parcialmente la ruta de Hurtigruten.

En el Matskjærfjorden

En el Matskjærfjorden.

Atravesamos el Matskjærfjorden mientras el amanecer daba sus últimas bocanadas, en forma de tonos rosáceos que, de manera cada vez más sutil, teñían el vientre de las nubes. Mientras, el laberinto de islas se iba haciendo más intrincado, hasta el punto de que era difícil intentar adivinar la ruta. Tan solo la característica silueta del Hestmannen me ayudaba a orientarme.

Llegando al Ártico

Llegando al Ártico.

Poco antes de las ocho, cruzábamos la linea imaginaria del círculo polar ártico. A estribor, las cumbres nevadas comenzaban a desdibujarse, parcialmente ocultas por las ventiscas. Además, seguíamos disfrutando de un día asombrosamente apacible, teniendo en cuenta tanto la fecha como la latitud. Sobre la superficie del mar, apenas había trazas del vendaval que aparentemente dominaba las alturas y la temperatura en cubierta rondaba un grado sobre cero.

El Kong Harald rumbo al sur

El Kong Harald rumbo al sur.

Media hora más tarde, distinguí a proa una silueta familiar. Resultó ser el Kong Harald, un barco prácticamente gemelo del Polarlys, que navegaba rumbo sur. Todos los cruces entre los buques de Hurtigruten tienen un extraño encanto, con su ritual de bocinazos, destellos y saludos. En este caso, a dicho encanto se unía la curiosa circunstancia de que precisamente ese era el barco en el que debía continuar mi ruta hacia el norte, tras el paréntesis en las Lofoten.

Seguimos avanzando durante casi una hora con rumbo noreste, camino de Ørnes, nuestra primera escala en el Ártico. Saltando de fiordo en fiordo, en medio de un caos formado por miles de pedazos de tierra desperdigados por el mar. Algunos, los más peligrosos, meros pedruscos que apenas sobresalían del agua entre ola y ola. Otros, islas cuyas cumbres nevadas se elevaban cientos de metros. En cualquier caso, mi atención seguía fijada en el costado de estribor, donde el paisaje era cada vez más salvaje. Las cumbres desaparecían ocasionalmente, veladas por grandes ventiscas. Más allá, una gran masa blanca dominaba el horizonte, sobresaliendo incluso por encima de los picos más elevados. Era el Vestre Svartisen, el segundo glaciar más extenso de la Noruega continental, con 369 km² de superficie. A pesar de ser compacta, la capa de nubes se adelgazaba en algunas zonas, adoptando tonos cálidos que realzaban la belleza del entorno. Mis anteriores travesías por Nordland, en el invierno de 2018, me habían dejado muy buenos recuerdos, pero lo que ahora tenía delante era sencillamente indescriptible.

Ørnes

Ørnes.

Llegamos a Ørnes a las 10:10, con 25 minutos de retraso sobre el horario previsto, para zarpar en apenas ocho minutos. La temperatura había descendido a cero grados, pero seguía siendo relativamente elevada y, al contrario que en febrero de 2018, la superficie del mar no estaba congelada. En cualquier caso, tanto Ørnes como su entorno presentaban un aspecto inequívocamente invernal.

Al norte de Kunna

Al norte de Kunna.

El Polarlys rodeó la península de Kunna, enfilando rumbo noreste, con dirección a Bodø, la capital de Nordland. Algunos ponen en Kunna y su pico de 599 metros de altura el límite septentrional Helgeland. Otros, lo llevan algo más al sur, directamente sobre el círculo polar ártico. En cualquier caso, nos internábamos en Salten, la última costa que debíamos atravesar antes de llegar a las Lofoten.

Fugløya

Fugløya.

Aunque el paisaje iba perdiendo espectacularidad, todavía teníamos que atravesar el Fugløyfjorden, rodeado de imponentes montañas. El día había comenzado a cambiar y un tímido sol iluminaba las paredes meridionales de Fugløya, la isla que da nombre al fiordo. Sus 13 km² de extensión alojan nada menos que 14 picos, el mayor de 765 metros de altura.

Sandhornet

Sandhornet.

Al otro lado del fiordo, destacaba la mole piramidal del Sandhornet, la mayor cumbre de Sandhornøya, con 993 metros de altitud. Hacia el este, un claro en las nubes permitía que los rayos de sol iluminasen sus blancas laderas, realzando las texturas de las rocas. En cambio, una masa compacta de nubes grisáceas se extendía hacia el norte, presagiando un nuevo cambio en las condiciones atmosféricas.

En el puerto de Bodø

En el puerto de Bodø.

Tras atravesar el Saltfjorden, llegamos a Bodø pasada la una de la tarde, de nuevo con más de veinte minutos de retraso. En lo referente a la puntualidad, el Polarlys no era rival para el Finnmarken. En cualquier caso, Bodø es otra de las ciudades noruegas destruidas durante la Segunda Guerra Mundial, en la que los edificios de interés se cuentan con los dedos de una mano. Mi plan inicial era muy sencillo: subir a la cafetería del Scandic Havet y disfrutar del panorama desde sus ventanales, con un café bien caliente entre las manos. No contaba con que habían cambiado el horario, dejando de abrir por la mañana. Al final, me tuve que conformar con dar un tranquilo paseo hasta el puerto, que tampoco resultó ser muy interesante.

Zarpando de Bodø

Zarpando de Bodø.

Zarpamos a las 15:20, recuperando unos cuantos de los minutos de retraso acumulado. El día gris contrastaba vivamente con las condiciones que había encontrado en mi anterior escala en Bodø, con una luz más propia de un atardecer veraniego. Desde que había zarpado de Trondheim, tan solo 25 horas atrás, las tornas habían cambiado completamente. Tras rodear Nyholmen y las ruinas de su fortaleza, dando un giro cerrado de casi 180 grados, el Polarlys enfiló hacia el norte. Nuestra siguiente escala era Stamsund, en las Lofoten.

Landegode

Landegode.

Antes de cruzar el amplio Vestfjorden, teníamos que pasar junto a Landegode, donde el precioso atardecer de mi anterior viaje había sido sustituido por un cielo plomizo. Pero gris no tiene porqué significar aburrido. Las diversas capas de nubes creaban extrañas formas en el cielo, que daban al paisaje un aspecto irreal. Además, me permitió apreciar el faro con mayor detalle, al no estar contrastado contra un sol brillante.

Faro de Landegode

Faro de Landegode.

El faro de Landegode no está situado en la isla homónima, sino en el pequeño islote de Eggløysa, cien metros más al norte. Su torre metálica, de 29 metros de altura, fue levantada en 1902. El plano focal se encuentra a 40,8 metros sobre el nivel del mar. Como muchos faros de la Noruega ártica, deja de funcionar en los días más próximos al solsticio de verano, cuando el sol de medianoche hace inútil su luz. En este caso, entre el 3 de mayo y el 3 de agosto. El faro fue automatizado en 1988. Cinco años más tarde, la antigua residencia del farero fue adquirida por el hotel Skagen, por lo que Landegode es otro de los faros noruegos en los que es posible alojarse.

Atravesando el Vestfjorden

Atravesando el Vestfjorden.

Tras superar el faro, nos adentramos en el Vestfjorden bajo un cielo invernal, apenas iluminado por el prolongado crepúsculo ártico. A popa, Landegode se iba empequeñeciendo lentamente. Más allá de la proa, las Lofoten intentaban formar una minúscula hilera de cumbres blancas, luchando por destacar sobre el horizonte. El mar estaba picado, pero no tanto como para que mereciera la pena permanecer en cubierta. Y sabía que llegaríamos a Stamsund de noche. Lo mejor que podía hacer, durante las cuatro horas que quedaban para llegar a Svolvær, era descansar, cenar y dar los últimos toques al itinerario que tenía por delante. Me esperaban cinco intensos días en las islas más hermosas de Noruega.

Trondheim

Astillero de Rissa

Faro de Kjeungskjæret

Faro de Adsenvågøy

Krokholmsundet

Okstinden

Ørnes

Kunna

Fugløya

Sandhornet

Bodø

Faro de Landegode

Stamsund

Svolvær

Para ampliar la información:

Las dos entradas correspondientes de mi viaje de 2018 están en Hurtigruten en invierno. Día 3: Trondheim – Rørvik y Hurtigruten en invierno. Día 4: Brønnøysund – Svolvær.

En el blog Andén 27 se puede encontrar bastante información sobre el viaje en sentido norte, realizado en verano: http://anden-27.blogspot.com/2015/12/hurtigruten-dia-3.html y http://anden-27.blogspot.com/2016/01/hurtigruten-dia-4.html.

La web oficial de turismo de Noruega también tiene una página dedicada al expreso de la costa: https://www.visitnorway.es/organiza-tu-viaje/como-moverse/en-barco/hurtigruten/, así como una sección dedicada a la región de Helgeland: https://www.visitnorway.es/que-ver-en-noruega/norte-de-noruega/helgeland/auroras-boreales/.

En inglés, la página de Hurtigruten está en https://global.hurtigruten.com/destinations/norway/classic-round-voyage-bergen-kirkenes-bergen.La web oficial de turismo de Helgeland está en https://visithelgeland.com/en/welcome.

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