He estado en muchos sitios extraños a lo largo de mi vida. Pero ninguno como Djúpavík. La diminuta aldea, prácticamente abandonada, tiene una ubicación tan fascinante como su historia. Que ademas su acceso sea bastante complicado, por una larga pista que zigzaguea entre el mar y el casi siempre brumoso paisaje de Strandir, no hace más que añadir interés al lugar, envolviéndolo en un extraño halo de misterio.

Djúpavík desde la orilla norte del Reykjarfjörður

Djúpavík desde la orilla norte del Reykjarfjörður.

Djúpavík se ubica en la orilla meridional del Reykjarfjörður. Aunque durante varios siglos existieran algunas granjas dispersas por la zona, en 1917 tan solo una familia habitaba junto al fiordo. Ese año, Elías Stefánsson decidió establecer una factoría de arenque en el apartado lugar. Guðjón Jónsson fue nombrado supervisor de la factoría y se mudó a Djúpavík, acompañado por su esposa y los tres hijos del matrimonio. Fueron sus primeros habitantes. Pero el fin de la Primera Guerra Mundial, la escasez y el alto precio de los suministros y unas capturas poco satisfactorias hicieron fracasar el proyecto. La empresa quebró en 1919 y Guðjón se marchó en 1921. Djúpavík volvió a convertirse en un lugar deshabitado.

Suðurland

Suðurland.

A pesar del revés inicial, los años dorados de Djúpavík no tardarían en llegar. En 1934 se fundó en Reikiavik la empresa Djúpavík Ltd., con la intención de instalar una planta para producir aceite de arenque, bastante apreciado en aquella época. La empresa consiguió en Suecia un crédito de 400.000 coronas y, de inmediato, comenzaron los trabajos de construcción. No se escatimaron medios, hasta el punto de adquirir el Suðurland, un barco de cabotaje que fue encallado en el fiordo, con el fin de utilizarlo como alojamiento. Sus restos siguen oxidándose lentamente junto a la factoría, formando una de las estampas emblemáticas del lugar.

Djúpavík en plena actividad

Djúpavík en plena actividad (© https://djupavik.is).

Los esfuerzos dieron resultado y, a pesar de tener que llevar todos los suministros por mar, en apenas un año la factoría estaba en pleno rendimiento. En su momento, era el mayor edificio de hormigón de Islandia, con 90 metros de longitud. Cuatro motores diesel, recuperados de submarinos alemanes, proveían de electricidad al lugar. Cintas transportadoras, prensas hidráulicas, ventiladores y todo tipo de maquinaria convirtieron la factoría de Djúpavík en la más moderna de Europa. Las capturas de arenque, que superaron las previsiones más optimistas, crearon una auténtica explosión de riqueza y prosperidad.

La vieja factoría de arenques

La vieja factoría de arenques.

Pocos años más tarde, aquella prosperidad tendría un final abrupto. En 1944 las capturas de arenque comenzaron a descender, para sufrir un brusco declive a partir de 1948. En 1954 cerró la fábrica y catorce años después se disolvió la compañía. A pesar de que algunos operarios prefirieron permanecer en el lugar, la población fue decreciendo hasta que, en torno a 1980, Djúpavík quedó abandonado por segunda vez.

Comedor del hotel Djúpavík

Comedor del hotel Djúpavík.

En esta ocasión, la resurrección de Djúpavík no tardaría en llegar. En 1984 la pareja formada por Ásbjörn Þorgilsson y Eva Sigurbjörnsdóttir adquirió la antigua factoría de arenques. Ásbjörn era descendiente de un antiguo trabajador del lugar y su plan consistía en restaurar las instalaciones y ubicar en ellas una piscifactoría. Al final, acabó montando un hotel. En 1985 el matrimonio y sus tres hijos se mudaron a Djúpavík. Escolarizar a los niños fue una auténtica aventura, pues el lugar quedaba completamente aislado por tierra en invierno, obligando al matrimonio a utilizar una lancha, que más tarde fue sustituida por una moto de nieve, para llegar a la escuela más cercana, a 20 kilómetros de distancia. Contra todo pronóstico y haciendo gala de una asombrosa constancia y fuerza de voluntad, lograron sacar el hotel adelante. En la actualidad, Ásbjörn y Eva son las dos únicas personas que residen continuamente en Djúpavík. Y su hotel se ha convertido en uno de los lugares emblemáticos de la remota Strandir.

Hotel Djúpavík

Hotel Djúpavík.

Llegamos por primera vez a Djúpavík a las cuatro de una tarde brumosa y gris, tras conducir durante más de una hora por los 43 kilómetros del tramo no asfaltado de la 643. La pista, que casi siempre avanzaba ceñida a la costa, recorría un paisaje de una belleza indescriptible. Pero Djúpavík no era nuestro último destino del día. Nos registramos en el hotel, preguntamos por el horario de la cena y, sin tan siquiera perder tiempo en dejar el equipaje, seguimos nuestra ruta por la 643, adentrándonos otros 46 kilómetros en la fascinante costa de Strandir.

Atardecer en el Reykjarfjörður

Atardecer en el Reykjarfjörður.

Regresamos pasadas las siete de la tarde. Esta vez sí subimos a la habitación y, tras cenar estupendamente, salimos a dar un tranquilo paseo por el lugar. La sensación de tranquilidad era asombrosa. Tan solo el lejano murmullo de Djúpavíkurfoss y los graznidos de las pocas aves que volaban sobre el fiordo rompían el silencio. No llovía, pero las nubes, cada vez más bajas, amenazaban con ocultar los riscos que rodean Djúpavík. Tampoco hacía viento. Una extraña quietud parecía haberse apoderado del fiordo.

El Suðurland encallado junto a la factoría

El Suðurland encallado junto a la factoría.

El casco semidestruído del Suðurland nos atraía como un imán. El barco se descomponía lentamente junto a la desembocadura del Djúpavíkurá, apoyado sobre tres precarios postes de madera. El óxido que rezumaba de sus desvencijados hierros parecía impregnar todo lo que había junto al barco con extraños tonos rojizos, acentuados por el paisaje circundante, donde dominaban el verde de la hierba y el gris del cielo. El Suðurland tiene una historia cuando menos rocambolesca. Fue botado en 1891 en Elsinor (Dinamarca) y bautizado como Davidsen. Prestó servicio para la naviera Bornholmtraffiken hasta que el 24 de mayo de 1901, tras zarpar de Nexø, en Bornholm, encalló frente al faro de Odde Hammer, al norte de la isla. Afortunadamente no hubo víctimas y el Davidsen pudo ser reflotado el 2 de junio. Pero las desgracias del buque no habían terminado. Tras reparar sus desperfectos en Helsingørs Skibsværft, el mismo astillero que lo había construido, fue botado sin estar adecuadamente lastrado. Además, alguien había olvidado cerrar varios ojos de buey, con el resultado de que el Davidsen escoró y volvió a hundirse sin llegar a salir del puerto de Elsinor.

Los restos oxidados del Suðurland

Los restos oxidados del Suðurland

Reflotado por segunda vez, siguió prestando sus servicios hasta que, en 1919, fue vendido a Eimskipafélag Suðurlands, que lo rebautizó y pasó a emplearlo para navegación de cabotaje, recorriendo la costa de Islandia entre Ísafjörður y Seyðisfjörður. Tras algún otro cambio de manos, acabó siendo comprado por Djúpavík Ltd. Desde 1935 permanece en las inmediaciones de la antigua factoría de arenques. Al principio, fue utilizado como alojamiento de los trabajadores que construían los edificios. No había tiempo que perder y comprar un barco era un método más expeditivo que levantar barracones. Más tarde, pasó a ser el alojamiento de los operarios de sexo masculino que trabajaban en la factoría. Las condiciones no eran las más adecuadas, sobre todo para aquellos que tuvieron la mala suerte de dormir en las cubiertas inferiores, donde faltaba la ventilación.

Djúpavíkurfoss

Djúpavíkurfoss.

Mas allá del Suðurland, estaba la cascada de Djúpavíkurfoss, despeñándose desde los 160 metros de altura de la pequeña meseta por la que zigzaguea el Djúpavíkurá antes de precipitarse hacia las aguas del fiordo. El arroyo se alimenta del deshielo y de varios lagos que se reparten por las desoladas alturas, cuyas montañas alcanzan los 524 metros de altitud. Desde nuestra posición, tan solo podíamos ver una cornisa de roca rozando las nubes.

La entrada a la vieja factoría

La entrada a la vieja factoría.

Siendo hermosa, la cascada no dejaba de ser una más entre los miles que se reparten por Islandia. En cambio, las ruinas de la antigua factoría de arenques parecían un lugar mucho más extraño e interesante, pese a que recelábamos de que su estado de conservación hiciera inseguro recorrerlas. Nuestra sorpresa vino cuando, mientras rodeábamos las enormes cisternas de hormigón, nos encontramos una puerta abierta, con una escalera que permitía entrar en la vieja fábrica. Decidimos entrar, aunque he de confesar que lo hicimos con cierto recelo.

Interior de la factoría de Djúpavík

Interior de la factoría de Djúpavík.

La nave principal de la antigua factoría ha sido reconvertida en un espacio de arte, apropiadamente bautizado como The Factory, tal como explicaba un simple folio grapado en el interior de la puerta de madera. Por el destartalado lugar se repartían objetos de lo más extraño. En medio de la polvorienta estancia, había un libro de firmas. Curioseando, pudimos ver dedicatorias de viajeros de los cuatro puntos cardinales. Mientras añadíamos la nuestra, nos llamó la atención una escalera que, en una esquina, permitía acceder a una estancia superior. Allí, una simple escala de mano seguía ascendiendo por el decrépito lugar, desapareciendo en una simple abertura cuadrada que perforaba el techo de hormigón.

En el piso superior de la factoría

En el piso superior de la factoría.

Aquello parecía la escena de una película de terror de serie B, en la que los protagonistas se adentran en algún lugar, buscando complicaciones sin necesidad alguna. Una situación que puede parecer absurda, pero que nosotros estábamos siguiendo como si se tratara de un guión preestablecido. Por si fuera poco, desde la estancia superior nos llegaba una extraña música, con una cadencia tan monótona como repetitiva, llamándonos como las sirenas a Ulises. Sin mástil al que amarrarnos, no tuvimos más remedio que trepar por la escalera. El lugar que encontramos arriba era todavía más extraño, con diversos objetos repartiéndose por un largo pasillo. Al fondo, un televisor encendido, que resultó ser la fuente de la extraña melodía, emitía una sucesión de escenas inconexas. Además de sorprendente, el lugar parecía peligroso. Las paredes estaban llenas de grietas y, junto al televisor, un palet cubría un agujero en el suelo.

Antiguo depósito de aceite

Antiguo depósito de aceite.

Curioseando por la fábrica, descubrimos que la exhibición de arte se extendía a uno de los antiguos tanques de almacenamiento de aceite que había en el exterior. No nos costó mucho encontrarlo, pero resultó ser un lugar todavía mas extraño y peligroso. El viejo depósito de hormigón se encontraba en muy malas condiciones, con el suelo completamente encharcado y la base de sus pilares carcomida por la humedad. Un agujero en el decrépito techo era la única fuente de iluminación. Además, había que entrar a gatas, por una diminuta abertura casi a ras de suelo. Tan solo me atreví a introducir medio cuerpo para hacer un par de fotos. Olga, ni eso.

Atardecer en el Reykjarfjörður

Anochece en el Reykjarfjörður.

Tras recorrer la antigua factoría de Djúpavík, necesitábamos algo de aire fresco. Decidimos dar un breve paseo hacia el oeste del fiordo, disfrutando de la asombrosa tranquilidad y de la cada vez más escasa luz del largo atardecer. Recorriendo la solitaria orilla del Reykjarfjörður, era difícil creer que, tan solo unas décadas atrás, aquel lugar hubiera tenido una actividad frenética, concentrando buena parte de las exportaciones de la isla. La prosperidad de Djúpavík fue tan deslumbrante como efímera. Nadie sabe con certeza el motivo del brusco descenso de las capturas. Quizá fue una desgraciada combinación entre el exceso de pesca y un cambio en la temperatura del océano circundante lo que llevó al desplome de éstas y el abandono de Djúpavík. Un proceso que, por otra parte, se ha dado a lo largo del tiempo en diversos lugares de la costa de Islandia.

Habitación en el hotel Djúpavík

Habitación en el hotel Djúpavík.

Cansados después del largo día, decidimos ir a dormir. El hotel Djúpavík fue, con diferencia, el más sencillo de todos aquellos en los que nos alojamos durante nuestro largo viaje por Islandia. De hecho, es el único en el que tuvimos baño compartido. No nos importó. Su ubicación era tan mágica y remota y el ambiente que se respiraba en su interior tan cálido y reconfortante, que compensaron con creces la falta de comodidades. También nos permitió conocer de cerca un pedazo de la historia de Djúpavík, pues se ubica en el edificio que, en los buenos tiempos de la factoría, servía de alojamiento para las trabajadoras de ésta.

Amanecer en Djúpavík

Amanecer en Djúpavík.

Al día siguiente, despertamos en medio de un hermoso amanecer. Una difusa neblina flotaba sobre el fiordo mientras, cerca de su desembocadura, el sol intentaba infructuosamente abrir un hueco entre las nubes. Pero éstas parecían llevar las de ganar, ocultando incluso la cercana Djúpavíkurfoss. Tras desayunar, decidimos dar un rodeo hasta Norðurfjörður, esperando que mientras tanto abriera la niebla. Volvimos más de dos horas después, sin que ésta diera señales de levantar. Antes de seguir nuestro camino, hicimos una última pausa en el hotel, donde nos invitaron a un reconfortante café. En el fondo, creo que nos resistíamos a abandonar Djúpavík, sabiendo que es uno de esos lugares a los que, por su remota ubicación, quizá no regresemos jamás.

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Para ampliar la información:

El blog de Jordi Pujolá tiene un artículo sobre Djúpavík: https://escritorislandia.com/djupavik-islandia/.

En inglés, la web oficial del hotel está en https://djupavik.is/en/. También ofrece información bastante interesante sobre el lugar y tiene una galería de fotos de los años dorados de Djúpavík.

El blog Portraits of Place in the Arctic and Antarctic tiene una entrada sobre el lugar, con interesantes fotos del interior de la factoría: https://popantarctica.wordpress.com/2018/05/27/djupavik-iceland/.

En The Reykjavík Grapevine podemos encontrar un interesante artículo sobre Ásbjörn Þorgilsson y Eva Sigurbjörnsdóttir: https://grapevine.is/travel/2016/03/16/the-mysterious-pull-of-djupavik/.

También digno de mención el post en el blog Breathe with us: https://breathewithus.com/djupavik-strandir-iceland/.

Por último, aunque esté en islandés, quien tenga curiosidad por ver alguna fotografía antigua del Suðurland puede visitar http://fragtskip.123.is/blog/2017/11/02/771389/.