El plan para el verano de 2020 era hacer un crucero por Alaska, combinado con un road-trip por las Rocosas canadienses. Habíamos reservado el itinerario en barco con Holland America durante nuestra anterior travesía con la naviera, alrededor de Japón. Hasta que estalló la pandemia. En abril, cancelamos el crucero. No podíamos ni ir a dar una vuelta andando hasta el cercano parque del Oeste, como para pensar en ir hasta la costa del océano Pacífico.

Kerlingarfjöll

Kerlingarfjöll.

Pero no me rendí. Llevaba tiempo queriendo regresar a Islandia en verano. Tan pronto como se hizo evidente que la isla se abriría al turismo, comencé a preparar el viaje. En cierto modo, me sirvió de terapia durante los largos meses del confinamiento. Al final, conseguí organizar un itinerario pasando doce noches en Islandia. Lo más complicado fue llegar a la isla, en un mundo de restricciones, pruebas PCR y vuelos cancelados. Una vez allí, nos encontramos con el turismo reducido a la cuarta parte del habitual. La cruz fue que había bastantes hoteles y algunos lugares turísticos cerrados. La cara, que pudimos disfrutar de un país casi vacío, a unos precios relativamente económicos.

En la ruta de Kjölur

En la ruta de Kjölur.

El eje sobre el que pivotaría todo el viaje era recorrer la carretera 35, la antigua ruta de Kjölur. Quería tener una primera toma de contacto con las Tierras Altas de Islandia. Después, visitaríamos los Fiordos del Oeste y Snæfellsnes. Hasta que, viendo lo vacía que estaba la isla, cambiamos de plan y decidimos que, una vez llegásemos al extremo norte de la ruta de Kjölur, haríamos una breve incursión por la península de Vatnsnes y luego giraríamos hacia el este, aprovechando la falta de turismo para visitar tanto el lago Mývatn como la costa entre Austurland y Suðurland. Dos de las zonas normalmente más masificadas de Islandia.

Jökulsárlón

Jökulsárlón.

El cambio de ruta fue todo un acierto. Pudimos visitar con tranquilidad varios de los lugares emblemáticos de la isla, alojándonos en hoteles que, en condiciones normales, tendrían precios prohibitivos. También logramos ahorrar en el alquiler del coche, aunque en esto nos equivocamos. Acabamos recorriendo Islandia con un Kia Sportage. Un pequeño SUV perfecto para el asfalto de la Ring Road, pero inadecuado para las incursiones que hicimos en las Tierras Altas. En cualquier caso, de los errores se aprende y las experiencias que tomamos en las carreteras de montaña fueron de gran valor para el mucho más ambicioso viaje del verano siguiente.

Itinerario Islandia 2020

Itinerario Islandia 2020.

El recorrido quedó como sigue:

  • 25 de julio: Madrid – Keflavik. Día completo de viaje, haciendo una larga escala en Munich. Al final, entre pruebas y controles, logramos llegar al hotel a la una de la madrugada.
  • 26 de julio: Keflavik – Selfoss. Pasamos parte de la mañana matando el tiempo en el suroeste de Reykjanes, mientras esperábamos el resultado de la PCR. Tras recibirlo, aprovechamos lo que quedaba de día para visitar Seltún, el lago Kleifarvatn y el cráter de Kerið.
  • 27 de julio: Selfoss – Hrauneyjar. Nos adentramos por primera vez en las Tierras Altas, aprovechando un día espléndido. Nuestro objetivo principal era Landmannalaugar, un lugar que hace justicia a su fama.
  • 28 de julio: Hrauneyjar – Haukadalur. Pasamos de las inmediaciones de Sprengisandur al punto de arranque de nuestra ruta por Kjölur. De camino, hicimos un rodeo por carreteras de montaña, visitando Háifoss y Gjáin, para acabar desviándonos hasta la sutil Brúarfoss. Después de cenar, aun tuvimos tiempo para dar un primer paseo por Haukadalur.
  • 29 de julio: comenzamos el día dando un segundo paseo por Haukadalur, mucho más gratificante que el de la tarde anterior. A continuación, enfilamos hacia la ruta de Kjölur. Tras desviarnos de la carretera 35, pasamos casi todo el día en Kerlingafjallavegur, donde la visita estrella fue Kerlingarfjöll, sin duda el lugar más sorprendente de todo el viaje.
  • 30 de julio: estuvimos prácticamente todo el día recorriendo la parte septentrional de la carretera de Kjölur, de la que tan solo nos desviamos para conocer el área geotermal de Hveravellir. Tras regresar a la civilización, aun tuvimos tiempo para dar un rodeo por la península de Vatnsnes.
  • 31 de julio: Varmahlíð – Reykjahlíð. De camino al lago Mývatn, nos adentramos de nuevo hasta el límite de las Tierras Altas para visitar Aldeyjarfoss, una de las cascadas más espectaculares de Islandia. Tras llegar al entrono del lago, estuvimos en Hofði, Hverfjall y Grjótagjá.
  • 1 de agosto: por una vez, no cambiamos de hotel. Aprovechamos para recorrer parcialmente el Círculo de Diamante, deteniéndonos en Leirhnjúkur, las impresionantes cascadas del cañón de Jökulsárgljúfur y el cañón de Ásbyrgi.
  • 2 de agosto: retomamos la ruta, entre Reykjahlíð y Egilsstaðir. Tras una visita imprevista a Hverir, nos equivocamos al elegir el lado desde el que visitar el cañón de Stuðlagil. Acabamos improvisando una nueva incursión en las Tierras Altas, que acabó siendo más accidentada de lo previsto, para terminar recorriendo la orilla norte del Seyðisfjörður.
  • 3 de agosto: Egilsstaðir – Hnappavellir. Comenzamos la ruta de regreso, ahora por la costa sur de la isla. Tras recorrer parcialmente los Fiordos del Este durante la mañana, las principales paradas de la tarde fueron Vestrahorn y la impresionante Jökulsárlón.
  • 4 de agosto: aunque el objetivo del día era cubrir la ruta entre Hnappavellir y Vík í Mýrdal, arrancamos la jornada retrocediendo hasta la laguna glaciar de Fjallsárlón. Tras retomar la ruta hacia el oeste, nos detuvimos en el glaciar Svínafellsjökull, el cañón de Fjaðrárgljúfur y los campos de musgo de Eldhraun.
  • 5 de agosto: último día completo en Islandia, que empleamos en ir desde Vík í Mýrdal hasta Selfoss. Aprovechamos para visitar tranquilamente Dyrhólaey y hacer una excursión en ferry hasta la isla de Heimaey.
  • 6 de agosto: tan solo nos queda regresar a Keflavik, bordeando por el sur la península de Reykjanes, y comenzar el largo regreso a casa, esta vez con escala en Frankfurt.

Heimilishver

Heimilishver.

Al final, el viaje cumplió nuestras mejores expectativas. Recorrimos lugares nuevos y repetimos en otros ya conocidos, en las siempre cambiantes condiciones de Islandia, que suelen hacer de cada visita una experiencia única. Y, sobre todo, tomamos por primera vez contacto con sus Tierras Altas. Una zona deshabitada, a la que solo se puede acceder en verano y de la que habíamos oido todo tipo de historias. De los casi 2.700 kilómetros que recorrimos, aproximadamente una cuarta parte fue por carreteras sin asfaltar. Y de estas, varias fueron pistas de montaña, tan solo aptas para vehículos con tracción a las 4 ruedas. Las famosas carreteras «F» de Islandia. Aunque solo vadeamos el río Namskvisl, en las inmediaciones de Landmannalaugar, sin la experiencia tomada este verano el viaje del año siguiente hubiera sido irrealizable. Además de una temeridad.

Leirhnjúkur

Leirhnjúkur.

Pero, por encima de todo, el largo itinerario sirvió para ratificar lo que ya sabía: Islandia es un lugar asombroso. Quizá no sea el país más bello del mundo. Buena parte de sus paisajes son páramos desolados, montañas erosionadas o ríos sin cauces definidos. Pero es precisamente su extraña geología, unida a sus espacios vacíos, lo que hace a la isla tan fascinante. Más allá de sus áreas geotermales, sus glaciares o sus volcanes, lo que más me atrae de Islandia son las intensas sensaciones que transmite: aislamiento, fragilidad, insignificancia. Puede que esta sea su mayor virtud: colocar al ser humano en su justa medida. Ni el centro de la Creación, ni la cúspide de la Evolución. Tan solo un ser vulnerable, a merced de uno de los entornos más hostiles del planeta.