Tromsø recibió el estatus de ciudad de manos del rey danés Christian VII en 1794. Una declaración un tanto forzada, pues su población apenas rondaba los 80 habitantes. Hubo que esperar a la década de 1830 para que, de la mano de la caza en tierras árticas, la ciudad comenzara a desarrollarse, tras haber superado el millar de habitantes. Sus expediciones cinegéticas llegaban hasta Svalbard, Groenlandia o el Ártico canadiense. Además de ser una fuente de riqueza para la ciudad, el conocimiento que sus habitantes adquirieron del Ártico más profundo y sus duras condiciones atrajeron a exploradores como Roald Amundsen, Umberto Nobile o Fritjof Nansen. No solo utilizaban Tromsø como base logística, desde la que preparar sus expediciones. También una parte de las tripulaciones era originaria de la ciudad, que de esta forma se convirtió en un referente para la exploración ártica.

Exterior del museo

Exterior del museo.

El 18 de junio de 1978, justo 50 años después de que Roald Amundsen partiera de Tromsø para participar en el rescate de Umberto Nobile, en el que sería el último viaje de su vida, abría sus puertas el Museo Polar. Para alojarlo, se escogió un antiguo almacén construido a principios del siglo XIX en Skansen, el puerto histórico de la ciudad. Dependiente de la Universidad de Tromsø, nació con el objetivo de difundir e investigar la relación de la ciudad con las tierras árticas.

Exposición temporal sami

Exposición temporal sami.

El museo tiene una zona de exhibiciones temporales, de acceso libre, que había recorrido en mi primera visita a la ciudad en el verano de 2015. Pero aquel día no tuvimos tiempo para visitar el resto de sus salas. Desde entonces, se había convertido en mi eterno plan B cada vez que visitaba Tromsø. Plan al que nunca había tenido que recurrir, hasta que, un día de febrero de 2020, llegué a la ciudad a bordo del Kong Harald en medio de una impresionante ventisca.

En la cabaña de invernada

En la cabaña de invernada.

El resto del museo se divide en dos plantas. En la inferior, además de la zona de exposiciones temporales, hay cinco salas dedicadas a la caza en el Ártico. Desde los problemas de las invernadas hasta la caza de ballenas en Svalbard durante los siglos XVII y XVIII. Quizá lo más destacado de estas salas sean los dioramas, que muestran las durísimas condiciones en las que pasaban los largos inviernos los cazadores, completamente incomunicados y siempre al límite de la supervivencia.

Barents en Nueva Zembla

Barents en Nueva Zembla.

También son interesantes la vitrinas dedicadas a la presencia holandesa e inglesa en el Ártico durante los siglos XVI y XVII, tanto con expediciones de caza como de exploración. Entre éstas últimas, destacan los fallidos intentos de Willem Barents para encontrar el paso del nordeste. Se muestran varios objetos de la última expedición, en la que Barents perdió la vida, hallados en Nueva Zembla en 1871 por el cazador y explorador noruego Elling Carlsen.

Caza de focas

Caza de focas.

Menos agradables, desde nuestra sensibilidad actual, son las salas dedicadas a la caza de focas, donde se muestran sin tapujos los brutales métodos empleados hasta hace poco. La caza de focas sigue siendo legal en Noruega, aunque las capturas han descendido notablemente desde que, en 1973, la Comunidad Económica Europea prohibiese la importación de sus pieles. Al menos, ahora es ilegal utilizar el hakapik y las focas deben ser abatidas con un disparo limpio en la cabeza, evitando sufrimiento al animal.

Henry Rudi

Henry Rudi.

Las salas del piso superior son más agradables, aunque aún nos quedará una dedicada a la caza de la morsa y otra a Henry Rudi, un famoso cazador de osos polares. Se dice que, a lo largo de su dilatada carrera, entre 1908 y 1948, cazó nada menos que 713 ejemplares. Pasó veintisiete inviernos en el Ártico, en varias ocasiones en completa soledad, repartidos entre Svalbard, Groenlandia y Jan Mayen.

Wanny Woldstad

Wanny Woldstad.

Pero no todo en el Ártico eran rudos cazadores. También hay unos paneles dedicados a Wanny Woldstad, la primera mujer que hizo una invernada en las Svalbard. En realidad fueron cinco, dos de ellas en compañía de sus hijos adolescentes. Durante sus estancias en Hyttevika, en el sur de Spitsbergen, participaba activamente en las partidas de caza, alcanzando merecido renombre por sus habilidades.

Busto de Nansen

Busto de Nansen.

Finalmente, logramos llegar a las salas dedicadas a los grandes exploradores polares. Quizá la más destacada sea la dedicada a Fritjof Nansen y la primera expedición del Fram. Maquetas, fotografías, cartas originales y utensilios de lo más variado nos ayudan a poner en contexto la expedición que, en 1893, zarpó de Vardø en un fallido intento de alcanzar el polo norte. Tras separarse del resto de la expedición, Nansen volvería a reunirse con sus hombres y el barco en Tromsø, en agosto de 1896.

Vitrina en la sala de Roald Amundsen

Vitrina en la sala de Roald Amundsen.

Como no podía ser menos, también hay una sala dedicada a Roald Amundsen, con numerosas fotografías, utensilios y hasta alguna de las banderas noruegas que llevó en sus exploraciones por el Ártico y la Antártida. Amundsen reclutó en Tromsø buena parte de la tripulación del Fram, el buque que le llevaría a la Antártida durante su expedición al polo sur. También fue el lugar desde el que partió a bordo de un hidroavión Latham 47, en una misión de rescate de la que jamás regresaría.

Dirigible Norge

Dirigible Norge.

Además, encontraremos una sala con algunas maquetas de las primeras aeronaves que participaron en la exploración del Ártico. Entre otras el Norge, un dirigible que hizo el primer vuelo entre Europa y América por el Ártico, pasando sobre el polo norte.

Maqueta del Gjøa

Maqueta del Gjøa.

En general, el museo me dejó un sabor agridulce. En primer lugar, no alcanza el excelente nivel que suele ser habitual en los museos noruegos. Aunque las partes más recientes lo intentan remediar, la mayor parte de las vitrinas tiene un aspecto desfasado, con demasiados elementos y poco contexto. También puede ser cuestionable el excesivo protagonismo dado a la caza, aunque su importancia en el desarrollo y conocimiento del Ártico sea innegable. Quizá aquí se eche de menos una visión más actual.

Kayak utilizado por Nansen

Réplica del kayak de Hjalmar Johansen.

Aunque, todo hay que decirlo, es de agradecer la honestidad del museo, que presenta ciertas facetas del pasado en toda su crudeza. Al menos, no cae en la actual moda de intentar edulcorar todo aquello que pueda herir nuestra sensibilidad. Por otra parte, el interés de los objetos que expone es innegable, así como las historias que cuenta. También es de agradecer que, además de las explicaciones en inglés y noruego, faciliten una breve guía en español, aunque sea con unas cuantas hojas fotocopiadas. En resumen, una buena forma de adentrarse en el conocimiento de la historia, en ocasiones desagradable, de la exploración y conquista de las tierras árticas. Además de una opción para pasar un rato entretenido si, en uno de sus característicos cambios de humor, el Ártico decide entorpecer tus planes.

Para ampliar la información:

En la web Kamaleon Viajes hay una buena entrada sobre el museo: https://kamaleon.viajes/la-epica-de-los-pioneros-del-artico-en-un-museo/.

En inglés, la página oficial está en https://en.uit.no/tmu/polarmuseet.

También es interesante el post en el blog Rachel’s Ruminations: https://rachelsruminations.com/the-polar-museum-tromso-norway/.

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