Islandia es una tierra de leyendas. Si, aún hoy en día, nos cuesta explicar la formación de algunas de sus maravillas geológicas, ¿qué pensarían sus primeros pobladores cuando, hace más de un milenio, llegaron desde un entorno radicalmente distinto? Su respuesta fue forjar una increíble cantidad de mitos, intentando dar sentido al extraño mundo que les rodeaba. Además, las largas noches de los inviernos árticos debieron ayudar a espolear su imaginación.

Eyjan

Eyjan.

Uno de estos lugares es Ásbyrgi, un cañón de casi un centenar de metros de profundidad en las proximidades del Öxarfjörður. Según la leyenda, Ásbyrgi se formó cuando Sleipnir, el caballo del dios Odín, posó una de sus ocho patas en la tierra, dejando una profunda huella. La realidad es más prosaica, aunque no menos interesante. Según la teoría actualmente más aceptada, el cañón se formó en tan solo dos eventos catastróficos, ambos durante el Holoceno. El primero, hace un máximo de 10.000 años, el segundo hace 3.000. El Jökulsá á Fjöllum excavó un profundo cañón, dividiéndose en dos brazos y dejando entre ambos una arista de roca, actualmente conocida como Eyjan (la Isla). Un milenio más tarde, el río modificó su curso, comenzando a discurrir por su cauce actual, un par de kilómetros al este.

Entre el bosque de Ásbyrgi

Entre el bosque de Ásbyrgi.

Llegamos a Ásbyrgi a media tarde. Lo primero que nos llamó la atención, en una Islandia prácticamente vacía de turismo, fue la gran cantidad de coches que había en su aparcamiento, al final de la carretera 861. Sin darnos cuenta, habíamos elegido un sábado para hacer la excursión. El cañón es un lugar muy popular entre la población local, que aprovechaba el fin de semana para visitarlo. Uno de los motivos de su fama es el frondoso bosque de abedules y sauces que tapiza el fondo de Ásbyrgi, toda una rareza en la normalmente desolada Islandia.

Eyjan y el bosque de Ásbyrgi

Eyjan y el bosque de Ásbyrgi.

Desde el aparcamiento salían varios senderos en dirección a la imponente pared, de casi cien metros de altura, que rodea el cañón. Sin tener claro por cuál decidirnos, tomamos uno que iba hacia el oeste. Tras girar bruscamente hacia el sur, llegaba hasta un gran talud, formado por los detritos que el paso de los siglos había acumulado a los pies del precipicio. Allí ascendía, hasta llegar hasta la misma base de la roca. Ésta se elevaba verticalmente hacia el cielo, cerrando completamente el paso. Al comenzar el regreso, nos sorprendió la vista sobre el bosque. Eyjan, más que una isla, parecía un gran buque avanzando sobre un mar verde.

Pared sobre el Botnstjörn

Pared sobre el Botnstjörn.

De regreso, nos detuvimos en otro mirador sobre las aguas de Botnstjörn, la pequeña laguna que ocupa el fondo del cañón. Botnstjörn se formó por la erosión del enorme salto de agua que, en el pasado, se despeñaba por la pared. Tras el cambio de curso del Jökulsá á Fjöllum, apenas ha quedado un débil hilo de agua precipitándose desde las alturas. Mirando con atención, de vez en cuando era posible distinguir alguna diminuta silueta humana asomándose al abismo. En aquel momento creíamos que, a la hora de visitar Ásbyrgi, había que elegir previamente entre recorrer su zona inferior o superior. Después descubrimos que hay un sendero entre ambas. En cualquier caso, el ascenso estaba fuera de nuestras posibilidades.

Botnstjörn

Botnstjörn.

En cambio, pudimos ir hasta la plataforma de madera que hay en la orilla de Botnstjörn. Además, tuvimos suerte. En los escasos cinco minutos que tardamos en llegar, quedó prácticamente vacía. La vista sobre el estanque era muy relajante, aunque no pudimos ver ninguna de las numerosas aves que, según dicen, pueblan el lugar. En todo caso, tras llevar buena parte del día soportando un intenso vendaval mientras visitábamos Jökulsárgljúfur, la sensación de estar en un lugar completamente protegido del viento por las altas paredes de roca resultaba sumamente agradable.

Mirador del Botnstjörn

Mirador del Botnstjörn.

Ásbyrgi tiene una longitud de 3.500 metros y un ancho de 1.000. Antiguamente, el cañón pertenecía a la próspera granja de Ás en Kelduhverfi, una de las mayores de Islandia. Las grandes riadas del Jökulsá á Fjöllum, en los siglos XVII y XVIII, se llevaron por delante buena parte de sus mejores tierras de pasto, arruinando la explotación. En 1928 Skógræktin, la agencia forestal de Islandia, adquirió el terreno de Ásbyrgi. Aunque, desde 2008, el cañón forma el extremo septentrional del parque nacional Vatnajökull, a efectos prácticos sigue siendo gestionado por Skógræktin.

En el apacible Botnstjörn

En el apacible Botnstjörn.

Pasamos algo más de una hora recorriendo Ásbyrgi. Un lugar extraño, dentro de una tierra extraña. Quizá no sea lo que suele buscarse al viajar a Islandia: enormes paisajes desolados o zonas con una inusual actividad geológica. Lo que no impide que tenga un curioso atractivo. Puede que éste venga de su propia excepcionalidad. Un espacio recogido y protegido, en una isla donde lo habitual es recorrer grandes espacios abiertos, sin la más mínima defensa frente a su hostil naturaleza. Pese a sus dimensiones y a su violenta génesis, en cierto modo Ásbyrgi ofrecía un entorno apacible y benévolo. Un descanso para los sentidos. Después de visitarlo, entiendo perfectamente su popularidad entre los habitantes de Islandia.

Para ampliar la información:

En R&S Wanderlust describen la ruta que comunica las partes inferior y superior de Ásbyrgi: https://randswanderlust.com/asbyrgi-botnstjorn-klappir/.

En cambio, Sendas de Viaje nos indica cómo visitar la parte alta del cañón: https://sendasdeviaje.com/asbyrgi-canon-islandia-ruta-trek/.

En inglés, hay una entrada en Guide to Iceland: https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/asbyrgi.

Los interesados en la geología pueden descargar un interesante PDF en ScienceDirecthttps://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0169555X15002639.

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