La península de Reykjanes, en el extremo sudoccidental de Islandia, está atravesada por varias fallas, generadas por la zona de divergencia entre las placas tectónicas de Eurasia y Norteamérica. Desde el punto de vista geológico, el norte de la península forma parte del continente americano, mientras su parte meridional pertenece al euroasiático. En diciembre de 2019 comenzaron a producirse múltiples terremotos, de intensidad creciente, que hicieron sospechar la inminencia de una erupción volcánica. Al principio, se pensó que ésta tendría lugar en el Keilir, un volcán que forma parte del sistema de Krýsuvík, una zona de fisuras, de 55 kilómetros de longitud, que atraviesa la península en sentido noreste – suroeste. Finalmente, el 19 de marzo de 2021, la lava llegó a la superficie. Pero acabó haciéndolo algo más al suroeste, en el sistema de Fagradalsfjall. En concreto, en un pequeño valle, llamado Geldingadalir.

Mañana de primavera en Keflavik

Mañana de primavera en Keflavik.

No tenía pensado regresar a Islandia hasta el siguiente verano. Sin embargo, tan pronto como se confirmo la noticia de que había un volcán en erupción a pocos kilómetros de Reikiavik y que éste era relativamente sencillo de visitar, comencé a planificar una escapada. Seguir en plena pandemia añadía una capa de complejidad al viaje. Por otra parte, me permitiría disfrutar de una isla prácticamente vacía de turistas. Tras conseguir encajar 8 días de vacaciones no previstas en el calendario y superar diversos contratiempos, el 22 de abril descendía de un avión en el aeropuerto de Keflavik. Desperté al día siguiente, con el resultado negativo del PCR en mi móvil, libre para viajar por la isla. Sobre las diez y cuarto de la mañana, en el día 36 de la erupción, llegaba al aparcamiento donde comienza la senda que conduce al volcán.

Al sur de Geldingadalir

Al sur de Geldingadalir.

La mañana se presentaba gris. La previsión para Grindavík era de 5 grados de temperatura, cielo encapotado y viento del sureste, de entre 30 y 50 kilómetros hora. No era precisamente un día espléndido pero, en cualquier caso, no estaba mal para principios de primavera en Islandia. De todos modos, me alegré al comprobar que, en el aparcamiento, había una veintena de coches. No conocía el terreno, por lo que prefería tener algo de compañía en el camino. A las diez y media había cruzado la carretera y me adentraba en el desolado paisaje de Reykjanes, precedido a cierta distancia por dos reducidos grupos de excursionistas.

Camino a Geldingadalir

Camino a Geldingadalir.

Aunque la senda tenía una longitud aproximada de 4 kilómetros, con un desnivel de 250 metros, se me hizo dura. Por una parte, llevaba varios meses sin hacer ninguna caminata larga por el campo. Por otra, el camino, que comenzaba siendo una amplia pista de grava, iba empeorando según se adentraba entre las montañas volcánicas, hasta convertirse en algunos tramos en una senda de cabras. Eso si, perfectamente señalizada, por lo que perderse era complicado, al menos mientras te mantuvieras en sus proximidades. A todo ello había que añadir el peso de las cuatro capas de ropa y el de la mochila, cargada con prendas impermeables, víveres y parte del equipo fotográfico.

Viendo el volcán por primera vez

Viendo el volcán por primera vez.

A las 11:20, tras superar el segundo tramo complicado del camino, avistaba por primera vez el volcán. Un cono humeante, parcialmente oculto por las laderas volcánicas y, un poco más allá, otro cono, que esporádicamente desprendía llamaradas de lava ardiente. La escena estaba envuelta en una extraña neblina, que impedía ver con claridad el volcán y que atribuí a los gases que éste desprendía. En cualquier caso, la visión me hizo olvidar el frío y el cansancio. Emprendí el último kilómetro de marcha con ánimos renovados.

Observando la lava

Observando la lava.

De camino, no pude evitar desviarme hacia la enorme masa amorfa de lava humeante que se extendía por el valle, al este del sendero. Observando la irregular pared del amasijo de rocas grisáceas que formaba el límite de la lava, era posible apreciar varias zonas de lava roja, junto a las que se congregaban reducidos grupos de personas. Al acercarme a curiosear, lo primero que me llamó la atención fue el intenso calor que desprendía la lava, incluso donde ésta parecía estar solidificada. Más impresionante fue comprobar como aquello que, desde la distancia, parecía una masa inerte, estaba en continuo movimiento. Y no me refiero a la lava candente, que se abría paso como podía entre la inmensa masa de rocas. Por contra, todas las piedras, hasta las de mayor tamaño, se movían lenta pero inexorablemente. Los desprendimientos eran continuos y un extraño sonido, como si miles de cristales se rompieran sin cesar, dominaba el ambiente.

Al final de la senda A

Al final de la senda A.

No me entretuve demasiado. Tras entrar en calor y descansar brevemente, emprendí el último tramo. Poco antes del mediodía, llegaba frente a un talud negro, que me impedía seguir avanzando. Aquí la superficie de lava no formaba una masa de rocas sueltas, como al fondo del valle. Por contra, presentaba la clásica estructura cordada, también conocida como pahoehoe. Por encima del talud, podía ver el cono volcánico, escupiendo fuego continuamente. Aunque, en realidad, debería referirme a los conos en plural. Al menos había tres activos, dos de ellos tan juntos que prácticamente formaban una sola estructura. Otro expulsaba incansablemente una espesa nube de gases, mientras otros dos aparentaban estar inactivos.

Ríos de lava

Ríos de lava.

La vista era impresionante, pero mejoró tan pronto como remonté la ladera que había a mi izquierda. Desde la altura, se apreciaba como la lava que emanaba del doble cono más cercano formaba un río de lava, que se desparramaba por el valle en todas direcciones. El brazo principal fluía hacia el sureste, por encima del talud de lava contra el que terminaba el sendero. Se movía lentamente, bajo una corteza sólida, que de vez en cuando permitía vislumbrar la masa ígnea que lentamente iba colmatando el valle. Algo más al norte, un pequeño río de lava había logrado superar la pared interior del talud, buscando abrirse camino hasta la tierra desnuda que había algo más allá. Hacia el oeste, otras dos coladas intentaban rodear el cono humeante.

El corazón del volcán

El corazón del volcán.

Pasé casi una hora en la ladera, observando el caos que tenía frente a mí. El extraño olor de la lava recalentada. Los incesantes sonidos de la erupción. El inmenso calor que me llegaba, a pesar de la distancia y de encontrarme a barlovento. La atmósfera enrarecida, que me impedía ver con claridad, enturbiando la vista del cono, hasta hacerlo desaparecer en más de una ocasión. Por último, el inclemente clima de Islandia, que a un viento gélido decidió añadir una fina llovizna y una niebla que, lentamente, iba ocultando las laderas de las montañas circundantes. Todo se conjugaba para crear la sensación de estar asistiendo en directo a la creación del mundo. Aunque, pensándolo bien, era lo que estaba contemplando en primera persona.

¿La puerta del infierno?

¿La puerta del infierno?

En cualquier caso, llegó un momento en que no tuvo sentido aguantar más sobre la ladera. El día iba empeorando, el viento arreciaba y no había forma de hacer una fotografía decente. El objetivo de mi primera incursión al volcán era explorar la zona de cara a futuras visitas, por lo que decidí que iba siendo hora de moverse. En lugar de volver por el sendero, retrocedí siguiendo a una distancia prudencial el contorno de la lava. Por una parte, me permitía mantenerme caliente. Por otra, podía apreciar con más detalle la composición de la masa que iba devorando lentamente el valle. Al observarla con detenimiento, se hizo evidente que, lo que parecía un amontonamiento de rocas volcánicas, en realidad era una enorme masa de lava fundida. Las rocas tan solo formaban su corteza, entre cuyas grietas se adivinaba la auténtica naturaleza de su interior.

El continuo movimiento de la masa provocaba numerosos desprendimientos que, en ocasiones, dejaban al descubierto la lava candente. Otras veces, era ésta la que se abría camino, empujando las rocas a su paso, a veces derribándolas, otras elevándolas, creando un relieve asombrosamente caótico. Todo ello a un ritmo increíblemente lento. Tanto, que normalmente apenas era perceptible para el ojo humano. Pero la continua caída de pequeñas piedras, los extraños e incesantes sonidos y los derrumbes ocasionales hacían evidente el inexorable avance de la masa de roca fundida. Aquel día, más que la lava surgiendo a borbotones de las entrañas de la tierra, me impresionó el ritmo, lento pero imparable, del monstruo sin forma ni voluntad que devoraba el valle milímetro a milímetro.

La niebla oculta el valle

La niebla oculta el valle.

Cuando recuperé el calor corporal, decidí desviarme a un pequeño collado que, al oeste del camino, daba a un valle contiguo. El mismo a través del cual, según llegaba, había avistado el volcán por primera vez. Parte del valle estaba cubierto por otra colada de lava. Pero, al menos desde la distancia, ésta no parecía demasiado activa. Además, la niebla iba bajando, ocultando las laderas. Ante la imposibilidad de seguir por ese camino, retrocedí de nuevo hacia la colada principal.

El camino se complica

El camino se complica.

Rodeé la gran masa de lava por su extremo meridional, manteniéndome a cierta distancia en las laderas circundantes, por si había alguna acumulación de gases tóxicos. Éstos son inodoros y más pesados que la atmósfera terrestre, por lo que pueden ser peligrosos si se camina por alguna hondonada. Mi objetivo era buscar la forma de llegar al otro lado de la colada, intentando aproximarme a los conos activos y, de paso, buscar un lugar tranquilo desde el que, en mi siguiente visita, poder volar un dron. Al final, no lo conseguí. Un brazo de la colada me bloqueaba el paso, descendiendo hacia un pequeño barranco. Con más tiempo, podía haber intentado sortearlo, pero la niebla seguía bajando y volvía a estar congelado. Decidí que iba siendo hora de iniciar el regreso.

Midiendo la lava

Midiendo la lava.

No pude ser más oportuno. La niebla aceleró su descenso, hasta prácticamente alcanzar la masa de lava. Llegó un momento en que era imposible distinguirla del humo que ésta desprendía. Estaba en una zona sin caminos, en la que había perdido la referencia de los montes circundantes. Mi única guía era la propia masa oscura, por lo que decidí mantenerme siempre a su vista. Di un gran rodeo, pues aquel día la colada bordeaba un macizo rocoso, formando una amplia península. Pero fue lo más seguro. De camino, acabé coincidiendo con un grupo de geólogos, que iba estudiando y midiendo con GPS el borde de la lava. Me llamó la atención lo cerca que se movían de ésta. Pero, además de darme alguna explicación interesante, me dijeron que llevaban detectores de gases y que, debido al fuerte viento, ese día no había peligro alguno.

Avanzando entre la niebla

Avanzando entre la niebla.

Finalmente, pude llegar al camino principal y comenzar el regreso al aparcamiento. La niebla seguía bajando, hasta el punto de que las pocas personas con las que me cruzaba parecían siluetas espectrales, surgiendo de la nada. Tras superar el primer collado y saltar al valle contiguo, el tiempo cambió bruscamente. Seguía habiendo nubes bajas, pero apenas hacía viento y tampoco lloviznaba. Una magnífica muestra de la asombrosa variabilidad del clima de Islandia. Incluso había algún grupo de excursionistas que, ajeno a las nefastas condiciones de visibilidad que había en Geldingadalir, comenzaba la ruta de ascenso.

Lava candente

Lava candente.

A pesar de las circunstancias tan adversas, mi primera visita al volcán fue realmente interesante. Aunque apenas pude hacer fotografías decentes, el aspecto primigenio que tenía la zona acrecentaba su atractivo. El rodeo por la niebla hizo que, durante la excursión, acabase caminando 17 kilómetros, aunque se vio compensado por el encuentro fortuito con los geólogos. Por último, al encontrarme el primer día con unas condiciones tan complicadas, mis siguientes visitas acabaron pareciéndome, en comparación, un tranquilo paseo por el campo. Aunque quizá esto último sea una exageración.

Aparcamiento

Final de la senda A

Para ampliar la información:

El blog de Jordi Pujolá tiene una entrada sobre el volcán: https://escritorislandia.com/volcan-geldingadalir-islandia/.

En inglés, la página de safetravel.is sobre la erupción está en https://safetravel.is/eruption-in-reykjanes. Es imprescindible consultarla antes de emprender el camino.

Se puede encontrar el pronóstico meteorológico para el Fagradalsfjall en https://en.vedur.is/weather/forecasts/areas/#group=58&station=7365.

La previsión sobre dispersión de gases del volcán se puede consultar en https://en.vedur.is/volcanoes/fagradalsfjall-eruption/volcanic-gases.

De las numerosas cámaras web que retransmiten la erupción en directo, mi favorita es https://www.youtube.com/watch?v=3mS2kM6NT3Y, básicamente por tener sonido en directo.

También es interesante https://www.youtube.com/watch?v=AQzB-lJhpa8, donde incluyen un mapa en el que se puede comprobar el avance de la lava y la ubicación de las cámaras.

En Views of the World hay varias fotos y mapas que nos ayudan a entender la evolución de la erupción: http://www.viewsoftheworld.net/?p=5783.

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