La carretera 619, también conocida como Ketildalavegur, recorre buena parte de la orilla meridional del Arnarfjörður. Como tantas de las carreteras secundarias de Islandia, es poco más que una pista de tierra. Y, como tantas de las pistas que penetran en las penínsulas sin nombre que forman los Fiordos del Oeste, no tiene salida. Finaliza abruptamente entre una granja y el mar, unos metros más allá de uno de los museos más extraños de la isla.

Comienzo de Ketildalavegur

Comienzo de Ketildalavegur.

No habíamos previsto recorrer Ketildalavegur. Pero llegamos al cruce de las carreteras 63 y 619 poco después de las cuatro. Estábamos a tan solo 29 kilómetros de Patreksfjörður, donde teníamos que pasar la noche. Sin tener muy claro lo que íbamos a encontrarnos, decidimos hacer un desvío hasta un lugar llamado Selárdalur, justo en dirección contraria. Aunque tendríamos que regresar por el mismo camino, 50 kilómetros no parecía una distancia excesiva para añadir a nuestra ruta, teniendo media tarde por delante. El asfalto se acabó unos metros después de las últimas casas de la aldea de Bíldudalur, donde un cartel marcaba el comienzo de la pista. Más allá, al otro lado del Arnarfjörður, podíamos entrever las agrestes cumbres que flanquean el fiordo por el norte. En el fondo, había sido nuestra renuncia a recorrer la pista que avanza entre esas montañas y el Arnarfjörður, el tramo meridional de la salvaje Svalvogavegur, lo que nos había dejado tiempo libre para conocer la 619. ¿Hasta qué punto habríamos perdido con el cambio?

Vaðall desde el este

Vaðall desde el este.

Parte de la respuesta estaba poco más allá. Tras conducir unos 4.500 metros por una pista que avanzaba ceñida a la costa, entre el fiordo y los grandes taludes creados bajo el monte Hvestunúpur por milenios de erosión, a la salida de un recodo nos dimos de bruces con Vaðall, una espléndida playa de fina arena. En realidad, buena parte de Vaðall es una barra arenosa, formada en la desembocadura del pequeño río Hvestuá. En una isla famosa por sus playas negras, las playas de arena clara son toda una rareza, que tan solo se da en una sección de la costa occidental, entre la península de Snæfellsnes y la costa meridional del Arnarfjörður.

La orilla norte del Arnarfjörður desde Vaðall

La orilla norte del Arnarfjörður desde Vaðall.

Al otro lado del fiordo, el horizonte seguía estando dominado por las cumbres envueltas entre nubes de los «Alpes de los Fiordos del Oeste». Los corona el Kaldbakur que, con 998 metros de altura, es la mayor cima de la región. No parece una gran altitud, pero lo agreste del terreno, que se eleva directamente desde las aguas del fiordo, su aislamiento y su clima extremo, en las proximidades del círculo polar ártico, dan a estas montañas una dosis extra de interés. Al que se une el misterio de unas cumbres que suelen estar ocultas entre nubes y brumas, haciendo imposible apreciar sus auténticas dimensiones. Justo lo que ocurría esa tarde, cuando solo podíamos entrever las montañas más cercanas al fiordo.

Avanzando por Ketildalavegur

Avanzando por Ketildalavegur.

Más allá de Vaðall, la franja costera se ensanchaba. Ketildalavegur avanzaba, relativamente recta, por un paisaje hermosamente desolado. Las nubes nos impedían ver las cimas que íbamos dejando a nuestra izquierda, mientras la bruma enturbiaba el lejano horizonte. Tan solo nos cruzamos con un par de coches en todo el trayecto. La ausencia de tráfico, el impresionante paisaje que nos rodeaba y una pista con un firme y un trazado bastante aceptables se conjugaron para que, una vez más, conducir fuera una experiencia muy gratificante.

Uno de los valles de Ketildalir

Uno de los valles de Ketildalir.

De vez en cuando, a nuestra izquierda se abría algún valle. No eran demasiado profundos, pero las nubes bajas y una bruma difusa que flotaba en el ambiente les daban un aspecto aun más remoto y aislado. En conjunto, reciben la denominación de «valles de Ketildalir». De los seis valles, el que ha tenido históricamente más importancia es Selárdalur, situado al final de la carretera. Por increíble que pueda parecer en la actualidad, llegó a ser una de las zonas más prósperas y pobladas de la región. Con treinta granjas y buen acceso al mar y sus recursos, el valle llegó a alcanzar los 200 habitantes. Entre 1668 y 1675, Selárdalur sufrió un episodio de caza de brujos, auspiciado por el clérigo Páll Björnsson, con el resultado de dos hombres quemados en la hoguera. La gran erupción del Askja de 1875, seguida por varios años de malas cosechas, dio lugar a una primera ola de emigración, dirigida principalmente a Norteamérica. A continuación, durante un fatídico día de septiembre de 1900, se hundieron cuatro botes de pesca, perdiéndose diecisiete vidas. El valle nunca se recuperó de los dos golpes consecutivos y las granjas fueron abandonadas una tras otra. En la actualidad, tan solo Hróaldsstaðir permanece habitada.

Museo de arte Samúel Jónsson

Museo de arte Samúel Jónsson.

En Selárdalur, cerca del final de la pista, encontraremos el museo de arte Samúel Jónsson. Un lugar extraño, fruto del peculiar carácter de los Vestfirðingur. Samúel Jónsson nació en Arnarfjörður el año 1884. Tras una vida complicada, marcada por la pérdida de sus seres queridos, se jubiló con 65 años. Pese a carecer de formación, pues siempre había trabajado como agricultor, decidió dedicarse al sueño de su vida: la creación artística. Con sus propias manos y en función de los materiales disponibles, fue levantando un pequeño complejo, con una iglesia, un museo y una vivienda. Samúel vivió en Selárdalur hasta 1968, cuando su ceguera le obligó a trasladarse a una residencia en Patreksfjörður. Murió al año siguiente. Dejó atrás un lugar difícil de describir que, a menor escala, me recordó la extraña catedral de Justo, en Mejorada del Campo.

Nubes sobre Ketildalavegur

Nubes sobre Ketildalavegur.

Estuvimos un rato curioseando por Selárdalur. Intentamos visitar el museo, pero estaba cerrado. Tan solo pudimos recorrer su exterior y entrar en la iglesia. Algo después de las cinco y media de la tarde, decidimos que iba siendo hora de pensar en el regreso. El día parecía ir abriendo lentamente, haciendo parcialmente visibles las cimas, que ahora teníamos a nuestra derecha. En cambio, la carretera seguía igual de solitaria. Durante el viaje de vuelta, tan solo coincidimos con otro vehículo.

Regresando a Vaðall

Regresando a Vaðall.

Poco después de las seis estábamos de nuevo frente a Vaðall. Las nubes comenzaban a dejar adivinar algunos retazos de cielo azul y, a lo lejos, la luz del sol bañaba tímidamente las laderas de la orilla septentrional del fiordo. El mar había cambiado su color grisáceo por el azul claro, mientras la mayor luminosidad permitía distinguir entre la arena y las rocas sumergidas. La escena era mucho menos dura que la que nos habíamos encontrado apenas 80 minutos atrás. Recuerdo que, en aquel momento, tras varios días recorriendo la inhóspita costa septentrional de Islandia, casi nos pareció tropical. Un claro ejemplo de efecto contraste.

Langanes desde Ketildalavegur

Langanes desde Ketildalavegur.

Quince minutos más tarde, hacíamos una última parada junto a la desembocadura de un arroyo, justo a los pies del Hvestunúpur. A nuestras espaldas, el monte intentaba deshacerse de los últimos jirones de niebla, en medio de un cielo cada vez más azul. Al frente, podíamos ver con relativa claridad Langanes, la punta donde el Arnarfjörður se divide, dando lugar los fiordos Borgarfjörður y Suðurfirðir. Al fondo del primero estaba Dynjandi, una de las cascadas mas hermosas de Islandia, aunque la bruma nos impedía verla. Tras una breve pausa, reemprendimos la marcha. Esta vez, nuestra siguiente parada sería Patreksfjörður.

Nubes en el Hvestunúpur

Nubes en el Hvestunúpur.

Nuestro desvío por Ketildalavegur acabó durando algo más de dos horas y media. ¿Mereció la pena? Por supuesto. Conozco pocas carreteras de Islandia que no sean interesantes y esta no es una de ellas. El impresionante paisaje, la sensación de soledad y la habitualmente agradable conducción por las pistas de Islandia se conjugaron para crear un recorrido muy satisfactorio, por una de las zonas menos trilladas de la isla. ¿Es rival para la cercana Svalvogavegur? Claramente no. Aunque no fuimos capaces de recorrerla íntegramente, la parte que vimos de Svalvogavegur hace honor a su fama como una de las carreteras más hermosas y salvajes de Islandia. Y también de las más peligrosas. Lo que puede ser el principal argumento a favor de Ketildalavegur. Si no llevas un vehículo adecuado, o simplemente no quieres conducir por una carretera con cierto nivel de riesgo, Ketildalavegur puede ser una buena alternativa para conocer uno de los fiordos más remotos y aislados de la región más remota y aislada de Islandia.

Para ampliar la información:

No he podido encontrar nada interesante en español.

En inglés, Guide to Iceland tiene una larga entrada describiendo un viaje hasta Selárdalur: https://guidetoiceland.is/connect-with-locals/regina/a-visit-to-arnarfjoerdur-in-the-westfjords-the-sea-monster-fjord-of-iceland.

Aunque más breve, también es interesante el artículo en Reykjavík Grapevine: https://grapevine.is/travel/2018/05/30/a-road-trip-to-the-weird-wonderful-samuel-jonsson-museum/.

La página oficial del museo de arte Samúel Jónsson está en https://samueljonssonmuseum.jimdofree.com/english/.

Quien esté interesado en los casos de brujería en Selárdalur, puede visitar https://galdrahornid.wordpress.com/2019/07/26/the-devil-in-selardalur/.