Liefdefjorden, el Fiordo del Amor. Al principio, pensé que se trataba de la típica cursilada, un manido reclamo turístico, o ambas cosas simultáneamente. Aunque, pensándolo bien, ¿a quién se le ocurriría algo así en un lugar tan remoto, prácticamente al borde del fin del mundo? Poco después, salí de mi error. En realidad el nombre parece proceder del «de Liefde». Un barco holandés, que pasó por allí en el siglo XVII. Hasta que, en 1934, se hizo oficial la denominación actual, los ingleses se referían a él como Wiches Sound. No he encontrado referencias al nombre que pudieron darle los pomor, o incluso los vascos. Pues, pese a lo remoto del lugar, estamos cerca de la costa donde Barents avistó Spitsbergen por primera vez. Pronto le siguieron balleneros de varias nacionalidades. Para lo habitual en la normalmente solitaria Svalbard, la zona fue durante siglos un relativo hervidero de actividad, incluida una estación meteorológica secreta, construida por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En cierto modo, sigue siéndolo en la actualidad, pues la extraordinaria belleza de su entorno se une a unas aguas relativamente libres de hielo, para convertirla en una de las favoritas de los cruceros de expedición que recorren el archipiélago.

Navegando por Hornbækpollen

Navegando por Hornbækpollen.

El Liefdefjorden es el brazo occidental del más amplio Woodfjorden. Debimos entrar en sus aguas de madrugada, pues cuando quise despertar, algo después de las siete de la mañana, ya navegábamos por Hornbækpollen, acercándonos al tramo final del fiordo. Otra mañana plomiza, con el cielo cubierto por una gruesa capa de nubes, desde la que se descolgaba una sutil llovizna. Y otra mañana recorriendo un entorno fascinante. Un mundo de aspecto irreal, donde el hielo era omnipresente y la sensación de aislamiento imperante.

Monacobreen, el glaciar del príncipe.​

La primera excursión del día fue un recorrido en zódiac frente a la caótica pared de hielo del Monacobreen. Después, pasamos un rato zigzagueando entre los grandes icebergs que se desprenden del glaciar, admirando sus hermosos tonos azulados.
Finalizada la excursión en zódiac, aún pasamos un par de horas fondeados frente a Monacobreen. Desde las cubiertas superiores del SH Vega el lugar era, si cabe, todavía más impresionante. El glaciar dominaba el fondo del fiordo, con casi 4.000 metros de pared de hielo. Otros tres glaciares llegaban a las aguas de la orilla occidental del Liefdefjorden: Seligerbreen, Emmabreen e Idabreen. De todos, el que más atraía mi atención era el segundo, situado justo frente a nuestro costado de estribor.

Emmabreen

Emmabreen.

Con apenas 6 kilómetros de longitud y un frente de 600 metros, no era un gran glaciar. Pero las grietas de su superficie, salpicada de suciedad y bloques erráticos, las extrañas texturas de su pared frontal y, sobre todo, las cuevas que se abrían en su base, formaban una escena fascinante. A la que había que añadir sus difusos bordes. Sobre todo en su flanco septentrional, era difícil afirmar con certeza dónde terminaba el hielo y comenzaba el terreno firme. Una amalgama de hielo sucio y tierra suelta diluía los límites entre ambos.

Seligerbreen

Seligerbreen.

Aunque la extraña estampa del Seligerbreen, con sus hielos formando una superficie asombrosamente irregular, llena de matices y texturas, no se quedaba atrás. En general, todos los frentes de hielo parecían estar listos para desmoronarse en cualquier momento, creando un espectacular derrumbe. Pero no hubo suerte. Hasta las estructuras con aspecto más frágil se mantuvieron firmes, durante las cinco horas que permanecimos fondeados frente a ellas.

Navegando hacia Texas Bar

Navegando hacia Texas Bar.

Finalmente, nos pusimos de nuevo en marcha. Se había decidido que la siguiente escala sería en un lugar llamado Texas Bar, del que apenas nos separaban 8 kilómetros. La distancia era tan corta que, una vez más, fue más sencillo no recoger todas las zódiac. Aproximadamente la mitad de éstas nos acompañaron navegando, mientras el SH Vega avanzaba lentamente por las aguas del fiordo, recorriendo un paisaje tan duro como hermoso.

Entre la tierra y las nubes

Entre la tierra y las nubes.

Una tras otra, íbamos dejando atrás diversas lenguas glaciares. Según superábamos Idabreen, a estribor podíamos apreciar con mayor claridad las de la orilla opuesta del fiordo. Mucho más cortas que las del la orilla occidental, apenas se dejaban ver fugazmente, entre nubes bajas y laderas descarnadas. Pálidas siluetas, procedentes de un mundo misterioso, del que apenas podíamos atisbar sus márgenes.

Erikbreen

Erikbreen.

Mientras tanto, a babor, el Erikbreen parecía jugar con las nubes, en un infructuoso intento de llegar a las aguas del Liefdefjorden. Al final, acababa muriendo en Erikvatnet. Una pequeña laguna glaciar, invisible desde nuestra posición, rodeada de lo que parecen ser los restos de su antigua morrena.

Llegando frente al Hannabreen

Llegando frente al Hannabreen.

A las dos de la tarde, fondeábamos nuevamente, esta vez frente al Texas Bar. Al tener varias zódiac en el agua, el equipo de expedición parecía haberse puesto en marcha incluso antes de nuestra llegada, asegurando el perímetro de cara al desembarco. En apenas unos minutos, subíamos a la primera lancha.

Una excursión hasta el Hannabreen.​

La segunda excursión de la jornada consistió en una breve caminata hasta el Hannabreen. Un glaciar que nos sorprendió por la cantidad de tierra y rocas que arrastraba. De camino, pudimos contemplar tanto la geología como la flora de uno de los lugares más extremos del planeta.
El Hannabreen desde el SH Vega

El Hannabreen desde el SH Vega.

Volvimos a zarpar a las seis de la tarde. La extraña estampa del Hannabreen, del que tan cerca habíamos llegado a estar, captaba ahora toda mi atención. Según el SH Vega navegaba frente al glaciar, podía observar con mejor perspectiva la curiosa mancha de tierra y rocas que ocupaba el centro de su superficie helada. En su costado meridional había una franja gris, en este caso una gran morrena central, flanqueada aún más al sur por otra más pequeña. El conjunto resultaba asombrosamente extraño. Casi parecía un cuadro abstracto.

En el Woodfjorden

En el Woodfjorden.

Tras asistir a una pequeña charla, de apenas media hora, en la que se hizo una breve recapitulación de la flora y la fauna que habíamos visto en los últimos días, a las siete regresaba a cubierta. Casi en el mismo instante en que el SH Vega entraba en el Woodfjorden, virando hacia el norte, rumbo a mar abierto. El paisaje seguía lleno de misterio, con pequeños glaciares apareciendo entre oscuras laderas, que llegaban hasta las nubes. Una llanura descarnada, en la orilla occidental de Andrée Land, parecía el lugar propicio para la aparición de osos o renos. Quizá lo fueran alguno de aquellos puntos blancos, apenas distinguibles en la distancia, que tenía justo al frente. Pero estábamos demasiado lejos para distinguir algo, incluso con los prismáticos. Hicimos una nueva pausa, esta vez para cenar, mientras el SH Vega navegaba junto al extremo septentrional de Reinsdyrflya.

El norte de Spitsbergen entre la bruma

El norte de Spitsbergen entre la bruma.

Cuando salí nuevamente a cubierta, ya estábamos en mar abierto, otra vez navegando por encima de los 80º de latitud norte. Exactamente a 600 millas náuticas del polo, del que solo nos separaba una gran extensión de agua y hielo. Hacia el sur, aún podía ver los contrafuertes septentrionales de Svalbard. Quizá fueran Ytre Norskøya, Klovningen y Fuglesangen, las islas más septentrionales en la costa de la Tierra de Alberto I. O quizá navegábamos al norte de Biscayarhuken, uno de los pocos topónimos de Svalbard que recuerda la antigua presencia de balleneros vascos en sus aguas. En cualquier caso, tampoco tenía importancia. La bruma, la escasa luz y la distancia, hacían muy difícil ver la costa con claridad. En aquel momento, me invadió la melancolía. Pronto viraríamos hacia el suroeste, rumbo a Jan Mayen, nuestro siguiente destino. Por segunda vez en mi vida, me despedía de la Orilla Fría desde un barco.

Para ampliar la información.

Imposible encontrar algo relevante en español.

En inglés, la página del Instituto Polar Noruego tiene una sección dedicada al Woodfjorden y su entorno: https://cruise-handbook.npolar.no/en/woodfjorden/index.html.

La siempre interesante web Spitsbergen / Svalbard tiene una entrada sobre la zona (https://www.spitsbergen-svalbard.com/spitsbergen-information/islands-svalbard-co/spitsbergen-northern-part/raudfjord-liefdefjord-woodfjord.html) y otra más específica sobre el Seligerbreen (https://www.spitsbergen-svalbard.com/photos-panoramas-videos-and-webcams/spitsbergen-panoramas/seligerbreen.html).

También se puede encontrar una breve reseña en la página de Oceanwide Expeditions: https://oceanwide-expeditions.com/es/destacados/jing-yan/liefdefjorden.