Aunque no fue el primer paraje que conocí de Islandia, los remotos Fiordos del Oeste habían sido el lugar que mas me entusiasmó durante mi primer viaje a la isla. Entre sus brumosos paisajes se asentó la fascinación que había sentido el día anterior, al avistar por primera vez la salvaje costa de Flateyjarskagi. Durante la breve escala en Ísafjörður, el flechazo se convirtió en una pasión más sólida y serena. Regresábamos a los fiordos cuatro años más tarde, con una mezcla de expectación y temor. Por una parte, ansiaba volver a visitar su enigmática costa. Pero también temía verme defraudado y que aquel hechizo se desvaneciera para siempre.

Djúpavík desde el noroeste

Djúpavík desde el noroeste.

Habíamos elegido Djúpavík como el punto por el que comenzaríamos un recorrido de seis días por el extremo noroccidental de Islandia. Parecía una apuesta arriesgada. Por una parte, Djúpavík era un lugar aislado, ubicado en una pista que no tenía salida. Por otra, el emplazamiento parecía un tanto extraño. Una fábrica en ruinas a los pies de una cascada. Equivocados o no, teníamos que recorrer 223 kilómetros para llegar desde la granja en que habíamos dormido en Víðidalstunga. 250, si teníamos en cuenta el desvío que pretendíamos dar por Drangsnes.

Salimos de Dæli poco después de las nueve, en una mañana gris y lluviosa. Tras reincorporarnos a la Ring Road, avanzamos hacia el sur hasta llegar a la costa oriental del Hrútafjörður. En el extremo meridional del fiordo estaban tanto el límite de la región administrativa de Vestfirðir como el desvío de la carretera 68, que debía llevarnos hacia el norte, costeando la orilla occidental del Hrútafjörður. Los primeros kilómetros de la 68 eran de asfalto, que en poco más de quince minutos se convirtió en una pista de tierra. Lo que no cambiaba era el paisaje, bastante anodino. Aunque, todo hay que decirlo, el día no ayudaba.

Bitrufjörður

Bitrufjörður.

El entorno empezó a cambiar según llegábamos al Bitrufjörður, donde la carretera volvía a estar asfaltada. Al otro lado del pequeño fiordo, las montañas comenzaban a elevarse. Las únicas señales de civilización eran la propia carretera y una granja solitaria, junto a la costa septentrional. Aprovechamos un área de descanso para hacer una breve parada y estirar las piernas. El lugar no era en absoluto excepcional, pero empezaba a prometer.

La carretera asfaltada se alternaba con los tramos de pista, mientras los chubascos lo hacían con ratos sin lluvia. Tras rodear el Kollafjörður, llegamos a la boca del Steingrímsfjörður, frente al pequeño puerto de Drangsnes y la isla de Grímsey. Llevábamos tiempo viendo algún que otro tronco seco repartido por la orilla, pero allí encontramos un auténtico amontonamiento. Volvimos a parar.

Madera apilada frente a Drangsnes

Madera apilada frente a Drangsnes.

Los troncos apilados tenían una curiosa historia. Su viaje comienza junto a alguno de los grandes ríos siberianos, como el Obi o el lejano Lena. Tras morir, o ser arrancados del terreno por el propio río, éste los arrastra hasta el océano. Allí, las corrientes predominantes los llevan hacia el oeste, donde muchos terminan varados en la costa de Islandia, principalmente en la zona oriental de los Fiordos del Oeste. Los troncos, generalmente de abetos, pinos o alerces, suelen tardar entre 4 y 5 años en completar el trayecto. Se piensa que buena parte de la travesía la realizan sobre el hielo, pues en caso contrario perderían su flotabilidad antes de embarrancar. Durante el largo viaje, la madera se impregna de sal, adquiriendo casi siempre un característico tono blanquecino.

Troncos en el Steingrímsfjörður

Troncos en el Steingrímsfjörður.

Desde los primeros años del Landnámsöld, la madera que llegaba flotando ha tenido gran importancia económica en un país con carencia crónica de bosques. Muchas granjas del norte de Islandia tenían una fuente fundamental de ingresos en la recogida y posterior venta de madera. Actualmente, en una isla mucho mejor comunicada con el resto del mundo, la madera siberiana ya no tiene su antigua relevancia. Lo que no impide que siga aprovechándose.

Rocas en Husavikurkleif

Rocas en Husavikurkleif.

Seguimos rodeando el Steingrímsfjörður por el sur, haciendo una breve parada en un lugar llamado Husavikurkleif, donde hay una capa de entre 8 y 10 metros de roca sedimentaria, en la que abundan los fósiles de plantas de una época más cálida, cuando la zona estaba cubierta de bosques. Toda una rareza en una isla que se suele caracterizar por la falta de vegetación y la relativa juventud de sus suelos. Según parece, el terreno acabó cubierto por una colada de lava, en la que se podrían apreciar trazas de los antiguos troncos. Nuestros ojos profanos fueron incapaces de distinguirlos. Si alguien con más conocimientos es capaz de interpretar la foto, agradeceré cualquier comentario.

Puerto de Drangsnes

Puerto de Drangsnes.

Tras llegar al fondo del fiordo, nos desviamos por la 643 y posteriormente por la 645, que nos llevó hasta Drangsnes. A pesar de contar con tan solo 83 habitantes, para nosotros era el fin de la civilización. Llenamos a rebosar el depósito de gasolina, tomamos algo en el acogedor Café Rüs y, sin mayor dilación, seguimos nuestro camino hacia el norte.

En el Steingrímsfjörður frente a Grímsey

En el Steingrímsfjörður frente a Grímsey.

Poco después, hacíamos una breve parada frente a Grímsey, una pequeña isla que no hay que confundir con la otra Grímsey, famosa en Islandia por ser prácticamente el único territorio del país que atraviesa el círculo polar ártico. La Grímsey del Steingrímsfjörður es bastante más pequeña, está deshabitada y su principal atractivo son los numerosos frailecillos que la habitan durante los meses menos fríos.

La 645 se convirtió nuevamente en una pista y, una vez más, comenzó a llover. Pero, tras alcanzar el Bjarnarfjörður y girar nuevamente hacia el oeste, la ruta comenzó a cobrar interés. Las nubes bajas nos impedían ver con claridad el paisaje, pero la pista zigzagueaba entre lo que parecía ser el borde de una antigua colada de lava y la costa.

Hölsfjall

Hölsfjall.

Tras llegar al fondo del fiordo y dar un giro de 180 grados, reincorporándonos a la 643, nos detuvimos cerca de Hölsfjall. Una cascada no demasiado grande, también conocida como Goðafoss, que se precipita en una grieta abierta entre las rocas. Pese a la distancia, la cascada parecía tener cierto interés. Pero no fuimos capaces de dar con un camino claro para acercarnos y nuevamente se puso a llover. Seguimos nuestra ruta, adentrándonos en la costa de Strandir.

La pista volvió a girar, ahora hacia el norte, avanzando entre nubes y una llovizna cada vez más débil. Y, de repente, en uno de los clásicos giros del clima de Islandia, poco antes de llegar a Kaldbaksvik el día mejoró bruscamente. Por supuesto, no se puede decir que fuera un día espléndido. Simplemente dejó de llover y las nubes se retiraron hacia las alturas, dejando una tarde de una increíble belleza, muy parecida a la que me había cautivado en Ísafjörður. Parecía que los Fiordos del Oeste nos querían recibir con sus mejores galas.

Kaldbaksvik

Kaldbaksvik.

La pista avanzaba, entre las montañas y el mar, adentrándose en un paisaje de formas redondeadas por millones de años de erosión. Las nubes se aferraban a las peladas laderas, cuyas zonas más elevadas aun mostraban restos de nieve. La roca dominaba el paisaje. El precario manto de vegetación apenas lograba aferrarse en algunos lugares, estando casi ausente en las alturas. La sensación de dureza y soledad era abrumadora. Y, sin embargo, aún podíamos ver algunas casas repartidas por el áspero entorno. En su mayor parte, antiguas granjas reconvertidas en alojamientos turísticos.

Poco después llegamos al Veiðileysufjörður. El pequeño fiordo era de una belleza salvaje, con la afilada cresta del monte Kambur como telón de fondo. Aun allí había una granja, llamada Veiðileysa, aunque tan solo está habitada en verano. El topónimo se traduciría como «sin pesca» y parece proceder de una leyenda local, según la cual una bruja llamada Kraká lanzó una maldición sobre sus aguas, después de haber perdido allí a dos de sus hijos. Desde entonces, nadie habría pescado en el lugar.

Strandavegur junto a Kuvíker

Strandavegur junto a Kuvíker.

La carretera comenzó a tomar altura, buscando el paso que comunica Veiðileysufjörður con Reykjarfjörður. Aunque pudiera parecer imposible, el paisaje mejoraba según ascendíamos. A la belleza del fiordo se unía la de la cascada de Kuvíker, al sur de la carretera. La 643, también conocida como Strandavegur, fue abierta en 1965. Pese a su firme de tierra y a los frecuentes cierres en invierno, supuso un gran avance para Strandir, antes prácticamente aislada por tierra del resto del país.

Veiðileysufjörður y el Kambur

Veiðileysufjörður y el Kambur.

Nos detuvimos cerca de la cascada. Ésta era hermosa, pero palidecía en comparación con el panorama que teníamos a nuestros pies. El pequeño fiordo, flanqueado por el inconfundible Kambur, componía una de las estampas emblemáticas de los Fiordos del Oeste. El día seguía mejorando, permitiéndonos ver en todo su esplendor las agudas crestas del monte, cuyas laderas comenzaban a estar tímidamente iluminadas por el sol.

Tras un vertiginoso descenso hacia el Reykjarfjörður, durante el que nos cruzamos con el primer coche que veíamos en casi una hora, poco antes de las cuatro de la tarde llegábamos a Djúpavík. Aunque, una vez más, el impresionante paisaje de Islandia nos había retrasado, queríamos seguir adelante, aprovechando las espléndidas condiciones atmosféricas para intentar llegar a un lugar llamado Ófeigsfjörður, todavía más remoto. De momento Djúpavík tendría que esperar.

Para ampliar la información:

Hay una entrada sobre la costa de Strandir en http://porqueislandia.blogspot.com/p/8-etapa.html.

En inglés, Guide to Iceland tiene breves artículos sobre Hrútafjörður (https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/hrutafjoerdur) y Bjarnarfjörður (https://guidetoiceland.is/travel-iceland/drive/bjarnarfjordur-in-strandir).

La misma página tiene una larga entrada sobre la costa de Strandir: https://guidetoiceland.is/connect-with-locals/regina/the-remote-strandir-in-the-westfjords-of-iceland.

También hay un artículo en Hit Iceland: https://hiticeland.com/iceland/notes/strandir-in-the-westfjords-is-a-perfect-road-trip-for-a-twoday-scenic-drive.

En Iceland PhotoGallery hay una entrada sobre la madera que llega a la deriva a Islandia: https://icelandphotogallery.com/project/small-things-we-dont-notice-when-we-photograph-the-big-picture/.

En geocaching.com hay una reseña sobre Husavikurkleif, que básicamente es una copia del texto del cartel informativo que hay en el lugar: https://www.geocaching.com/geocache/GC2FB3K_husavikurkleif?.