Por primera y última vez en nuestro periplo por Islandia del verano de 2020, pasábamos dos noches seguidas en el mismo hotel. Habíamos concebido nuestra séptima jornada en la isla como un recorrido circular, que nos permitiría conocer con calma la zona situada al noreste del lago Mývatn. La noche anterior, curioseando un libro en el hotel después de cenar, descubrimos que nuestra ruta se parecía mucho a un recorrido conocido como Círculo de Diamante. Sin pretenderlo, habíamos caído en un cliché turístico.

Leirhnjúkur y los Fuegos del Krafla.

Nuestra primera visita del día resultó ser un espacio fascinante, que supero ampliamente nuestras expectativas. Leirhnjúkur es uno de los lugares más extraños de la isla. Que, además, no sea demasiado conocido no deja de ser una ventaja, pues permite recorrerlo con cierta tranquilidad. Caminar sobre lava todavía humeante es toda una experiencia.

Puente de la Ring Road sobre el Jökulsá á Fjöllum

Puente de la Ring Road sobre el Jökulsá á Fjöllum.

La siguiente parada era el aparcamiento de Dettifoss, a 70 kilómetros de distancia. Más de la mitad del trayecto transcurría por carreteras asfaltadas. Primero la 863 y luego la Ring Road. Teníamos que volver a recorrer ésta última al día siguiente, por lo que no hicimos ninguna pausa en el camino, por tentadores que fueran los paisajes que la rodeaban. Poco después de atravesar el puente sobre el Jökulsá á Fjöllum, nos desviamos a la izquierda, por la 864. Regresábamos a las pistas de tierra.

En el cañón de Jökulsárgljúfur.

El cauce septentrional del Jökulsá á Fjöllum se despeña por cuatro cascadas consecutivas, una de ellas la poderosa Dettifoss, mientras atraviesa el cañón de Jökulsárgljúfur, creando un auténtico espectáculo de la naturaleza. Un lugar impresionante, incluso para el exigente estándar de Islandia.

Descendiendo hacia el Jökulsá á Fjöllum

Descendiendo hacia el Jökulsá á Fjöllum.

Apenas 30 kilómetros separaban el aparcamiento de Hafragilsfoss, la última cascada que visitamos en Jökulsárgljúfur, del cañón de Ásbyrgi. Poco después de reincorporarnos al asfalto, en la carretera 85, cruzábamos por segunda vez sobre el Jökulsá á Fjöllum, muy cerca de su desembocadura en el Öxarfjörður.

En el cañón de Ásbyrgi.

Ásbyrgi es un profundo cañón tapizado por un espeso bosque y rodeado por paredes verticales de casi cien metros de altura. Su extraña forma de herradura dio lugar a una curiosa leyenda sobre su formación. En realidad, ésta se debe a una sucesión de dos jökulhlaup, uno de los fenómenos naturales más destructivos de Islandia.

Öxarfjörður

Öxarfjörður.

Finalizadas las tres visitas principales del día, quedaba regresar al hotel, recorriendo de camino una parte de la costa septentrional de Islandia. Hicimos una primera parada en un mirador junto al Öxarfjörður. La vista era interesante pero, siendo sincero, nada fuera de lo común. Poco después, intentamos detenernos en el faro de Tjörnes, un lugar con una llamativa geología y numerosas colonias de aves, entre las que destacan los frailecillos y las perdices nivales. Pero no hubo suerte. No solo encontramos cerrado el acceso a la península. Incluso estaba prohibido aparcar en sus inmediaciones. Parece que habíamos llegado justo en época de cría.

Tjörneshöfn

Tjörneshöfn.

Nos desquitamos del doble fracaso en Skjálfandi, un entrante de mar que para unos es una bahía y para otros un fiordo. Vimos una pista de tierra que descendía hasta un lugar llamado Tjörneshöfn, donde aparentemente había un café. El supuesto café resultó ser una casa de huéspedes, en la que era imposible tomar algo. Pero pudimos aparcar y dar un agradable paseo por las inmediaciones. El lugar era un remanso de paz. El día había ido mejorando, desapareciendo el fuerte viento que nos había acompañado en Jökulsárgljúfur. Hasta el mar presentaba un aspecto asombrosamente sereno.

Skjálfandi desde Tjörneshöfn

Skjálfandi y Flateyjarskagi desde Tjörneshöfn.

Frente a nosotros, al otro lado de Skjálfandi, se elevaba una larga cadena de montañas, parcialmente cubierta de nieve, sobre la que comenzaban los primeros compases del inminente atardecer. Era la costa nororiental de la península de Flateyjarskagi. Su visión me provocaba una extraña melancolía, pues fue la primera tierra que avisté cuando llegamos a Islandia a bordo del MS Rotterdam, en el verano de 2017. Frente a aquella salvaje costa, había comenzado mi fascinación por la isla.

Skjálfandi y Lundey

Flateyjarskagi.

De regreso a la carretera, no pude evitar detener de nuevo el coche frente al islote de Lundey. El atardecer iba avanzando mientras, sobre la parte central de Flateyjarskagi, descargaba lo que aparentaba ser un fuerte chubasco. Pese a su cercanía a Akureyri, la capital de facto del norte de Islandia, la península es un lugar remoto y despoblado. Tan solo un par de carreteras de montaña permiten explorar sus dos valles principales. Por no tener, hasta hace poco no tenía ni denominación oficial. En 2011 fue bautizada como Flateyjarskagi, pero el nombre parece que ha creado cierta polémica, por lo que también es conocida como Gjögraskagi.

Húsavíkurkirkja

Húsavíkurkirkja.

Nuestra última escala fue Húsavík, un pequeño puerto pesquero cuyo nombre se podría traducir como «Ensenada de la Casa». Su edificio más destacado es Húsavíkurkirkja, una iglesia de madera edificada en 1907 en un estilo que, según dicen, recuerda un chalet suizo. Húsavík tiene fama de ser el mejor lugar de Islandia para ver ballenas. Pero, a esas horas de la tarde, nuestro principal interés era encontrar un lugar en el que cenar. Acabamos en Naustið, un restaurante con recetas tradicionales de pescado que resultó ser todo un acierto. Aproveché para pedir plokkfiskur, un plato islandés a base de pescado triturado que jamás había probado.

En el puerto de Húsavík

En el puerto de Húsavík.

Tras la cena, dimos un paseo por el agradable puerto, donde abundaban las embarcaciones tradicionales. Húsavík tiene una larga historia que, según algunas fuentes, haría de la pequeña ciudad el primer lugar habitado de Islandia. La tradición afirma que un sueco, llamado Garðar Svavarsson, pasó aquí el invierno del 870, adelantándose en cuatro años a la fecha oficial de la colonización de la isla por los noruegos. Aunque, según otras fuentes, los monjes gaélicos habrían adelantado a ambos.

Atardecer en Flateyjarskagi

Atardecer en Flateyjarskagi.

Antes de emprender la etapa final del día, de regreso al hotel, nos acercamos a contemplar por última vez la costa de Flateyjarskagi desde un espigón. La dorada luz del atardecer bañaba las aguas circundantes, creando un curioso halo que daba al lugar un aspecto irreal. En otras latitudes, nos hubiéramos quedado a ver el ocaso. Pero estábamos a tan solo 56 kilómetros del círculo polar ártico. Aun faltaban dos horas para la puesta de sol y dos días para la primera noche con unos minutos de completa oscuridad. Cansados, tras un día tan largo como fructífero, emprendimos el camino hacia el lago Mývatn. Camino que, como era de esperar, hicimos por completo bajo una hermosa luz crepuscular, en un eterno y mágico atardecer.

Para ampliar la información:

El Círculo de Diamante tiene muchos más lugares que visitar, desde la hermosa Goðafoss hasta todas las maravillas que rodean el lago Mývatn. En https://www.depuertoenpuerto.com/wordpress/category/europa/escandinavia/islandia/circulo-de-diamente/ se pueden consultar las entradas del blog sobre la ruta, a la que deberían dedicarse un mínimo de dos días.

En guiadeislandia.es describen brevemente parte de la ruta: https://www.guiadeislandia.es/ruta-del-circulo-de-diamante-diamond-ring/.

En inglés, Guide to Iceland tiene un par de artículos sobre el círculo: https://guidetoiceland.is/connect-with-locals/regina/57f6ca4c8426e y https://guidetoiceland.is/best-of-iceland/the-ultimate-guide-to-the-diamond-circle.

La página de turismo de Húsavík está en http://www.visithusavik.com.

Por último, mencionar la web oficial de turismo del norte de Islandia: https://www.northiceland.is/diamondcircle.

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