Mi último amanecer en las Lofoten. Contra todo pronóstico, la mañana era asombrosamente serena. Hacia el sur, el sol intentaba romper entre las nubes, acariciando las cimas de las montañas mientras teñía la ciudad con tonos cálidos. Había nevado durante la noche, pero con bastante menos intensidad que en días pasados. Esta vez, era posible identificar el coche entre los vehículos que había en el aparcamiento. Esa misma noche tenía que zarpar en el Kong Harald rumbo a Skjervøy, pero disponía de aproximadamente diez horas antes de embarcar. Tiempo más que suficiente para hacer una última excursión por las islas.

Amanece en Svolvær

Amanece en Svolvær.

El plan para la jornada era sencillo: intentar llegar a Henningsvær, en el extremo meridional de Austvågøy. Aunque apenas había 24 kilómetros de distancia por carretera, tampoco quería arriesgar demasiado en medio del invierno ártico. Hasta ese momento, había tenido bastante suerte y, a pesar de las intensas nevadas, no había encontrado excesivos problemas para moverme en coche por las islas. Pero esa noche tenía un compromiso ineludible, lo que reducía drásticamente mi margen de error. Me prometí que, al menor atisbo de posibles problemas meteorológicos, daría la vuelta y regresaría de inmediato a Svolvær.

Iglesia de Vågan

Iglesia de Vågan

Mi primera parada del día fue en la iglesia de Vågan, conocida popularmente como la «catedral de las Lofoten». El apodo parece proceder de 1929 cuando, durante una multitudinaria ordenación de sacerdotes, un obispo comentó que el gentío le hacía sentirse como en una catedral. El templo había sido consagrado en 1898, aunque es al menos el quinto que se levanta en Kabelvåg. El más antiguo fue construido durante el reinado de Øystein I, a principios del siglo XII. La actual iglesia neogótica, de planta cruciforme, fue diseñada por Carl Julius Bergstrøm y construida en Trøndelag, para posteriormente ser trasladada pieza a pieza hasta las Lofoten. Parece que atesora varios objetos de las antiguas iglesias de la zona, como una copia de la Biblia de Federico II, impresa en Copenhague en 1589. Pero no pude comprobarlo. Como suele ser habitual en Noruega, sus puertas estaban cerradas.

Kjerkvågen

Kjerkvågen.

Francamente, no me importó. Las vistas de Kjerkvågen compensaron con creces la parada. A pesar de estar en un entorno urbano, el lugar rezumaba tranquilidad. La marea, todavía baja, dejaba ver el fondo arenoso de la pequeña ensenada, parcialmente cubierto por una extraña mezcla de nieve y algas. Al fondo, podía ver las lejanas cumbres de la deshabitada isla de Litlmolla. La serenidad del lugar se veía ensalzada por los tonos cálidos de un amanecer que se acercaba a su fin.

Våganveien

Våganveien.

Tras la breve pausa, seguí avanzando a buen ritmo, ayudado por un día cada vez más espléndido, un tráfico casi inexistente y mi determinación de no hacer ninguna parada más allá de las estrictamente previstas. Poco después de las nueve y media recorría Våganveien, sobre un asfalto con mucha más nieve y bajo un cielo mucho más despejado que cuando lo había atravesado por primera vez, cuatro días atrás. En esta ocasión, podía ver las cumbres que cierran el hermoso valle por el norte y el oeste.

Henningsværstraumen

Henningsværstraumen.

Todo iba según mis planes hasta que, tras desviarme de la E10, llegué a la orilla oriental del Henningsværstraumen. Mi propósito de evitar detenerme duró lo que tardé en ver el hermoso paisaje. Las rocas se entremezclaban con el mar. La nieve con la piedra. La isla de Austvågøy con las más lejanas Gimsøy y Vestvågøy. Mientras tanto el sol, que finalmente había logrado separarse del horizonte, acariciaba con su luz las blancas cumbres. La 816 es la única carretera que conduce a Henningsvær, por lo que a la vuelta tenía que volver a pasar por el mismo lugar. Con la idea de regresar en unas pocas horas, logré seguir hacia mi destino, donde acabé llegando al filo de las once.

Henningsvær en invierno.

A pesar de las magníficas referencias que tenía de Henningsvær, el pequeño puerto logró sorprenderme con su espléndida ubicación, en un rosario de islas enmarcado por cumbres nevadas, y su cuidado conjunto de edificios tradicionales. Además, pese a ser uno de los principales destinos turísticos de las Lofoten, ha sabido conservar un carácter tradicional que lo hace todavía más atractivo.

En el Henningsværstraumen

En el Henningsværstraumen.

Casi tres horas después de haber recorrido la carretera 816 en sentido sur, lo hacía en dirección contraria, pero con los mismos problemas para avanzar. Dificultad que se acrecentaba al saber que, con toda seguridad, tardaría en volver a conducir por su bello trazado. En cualquier caso, el panorama había cambiado. El sol, todo lo alto que puede llegar a estar en un día del febrero ártico, bañaba el paisaje con más fuerza. La nieve refulgía con renovada intensidad. La marea también había subido, por lo que el agua acariciaba la nieve en las rocas de la orilla. Apenas había rastro de la banda oscura que, durante la bajamar, señala claramente el límite superior del océano en la intrincada costa del ártico noruego.

Gimsøybrua

Gimsøybrua.

El día era tan espléndido, que me animé a cruzar el Gimsøybrua. No parecía haber el menor riesgo de que el viento pudiera obligar a cortar el tráfico en el puente. Cuando lo atravesé hacia el oeste, las ráfagas más fuertes apenas superaban los 20 kilómetros a la hora.

Austvågøy desde Vestvågøy

Austvågøy desde Vestvågøy.

No tenía un objetivo claro, más allá de avanzar tranquilamente por la carretera 815 hacia el sur, recorriendo la costa suroriental de Vestvågøy. Como mucho, pensaba llegar hasta Stamsund. Un lugar en el que había estado un par de veces, pues los barcos de Hurtigruten hacen una breve escala en su puerto, pero que en realidad no conocía. Pronto se hizo evidente que iba a ser complicado recorrer los 39 kilómetros que separan el Gimsøybrua de Stamsund. No tardé ni diez minutos en hacer la primera parada, para contemplar la imponente muralla blanca que, al otro lado del Gimsøystraumen, formaban las montañas nevadas del sur de Austvågøy.

Malnesvika

Malnesvika.

A continuación, me dirigí a la costa oriental del Malnesvika, con la única referencia de unas imágenes que había visto de la ensenada, con el monte Dalstinden al fondo. El lugar no es muy grande, pero no daba con el sitio concreto. Comenzaba a desesperarme, cuando me di cuenta del motivo. Por una parte, la marea estaba alta. Por otra el mar, aunque relativamente calmado, estaba cubierto de pequeñas olas. Definitivamente, no iba a poder dar con la composición que buscaba. En cualquier caso, el breve desvío mereció la pena. Comenzaba el atardecer y el cielo iba tornándose más cálido. Mientras, más allá del Dalstinden, una lejana nube descargaba sobre el mar. Todo ello en medio de un silencio sepulcral, tan solo interrumpido por el crujir de la nieve bajo mis pasos.

iglesia de Valberg

Iglesia de Valberg.

Decidí avanzar otros doce kilómetros, hasta la iglesia de Valberg, situada frente a una pequeña playa, a escasos cincuenta metros de las olas. Al igual que en Malnesvika, no conté con que la pleamar cubriría casi la totalidad de la arena, dejándola reducida a una estrecha franja, cubierta de algas, entre la nieve y el mar. La iglesia tiene sus orígenes en 1660, aunque aquel templo fue destruido por una tormenta en 1742. Tres años después, se inauguraba una nueva iglesia, que sería destruida por otro temporal en 1818. Los habitantes de Valberg, aunque escasos, parecen ser obstinados, pues al año siguiente volvieron a levantar un templo en el mismo emplazamiento. Éste sobrevivió, hasta ser sustituido en 1889 por el edificio actual que, en cualquier caso, sigue estando en un lugar tan expuesto como sus antecesores.

Valbergvika

Valbergvika.

Tras dar un tranquilo paseo frente a la playa, se hizo evidente que mi plan era irrealizable. Aún estaba a 21 kilómetros de Stamsund, que debería recorrer a la luz de un incipiente atardecer, por una carretera completamente cubierta de nieve, en dirección a un temporal del cual desconocía la dirección en que se movía. Si me empeñaba en llegar, corría el riesgo de acabar perdiendo el barco. Además, mientras me acercaba a Valberg había visto algunos lugares que parecían interesantes y en los que quería parar. Iba siendo hora de iniciar el regreso.

Skokkelvika

Skokkelvika.

Apenas avancé tres kilómetros hacia el este antes de detenerme por primera vez, al fondo de la pequeña ensenada de Skokkelvika. Parte de la superficie del mar se había congelado, creando una zona de transición entre la tierra, cubierta por un inmaculado manto blanco, y el agua, en la que se reflejaban las lejanas montañas del sur de Vestvågøy.

Islotes en Skokkelvika

Islotes en Skokkelvika.

La siguiente parada, tras avanzar tan solo otro kilómetro, me puso frente a un paisaje mucho más cálido, con un laberinto de islotes enmarcando el dorado reflejo del sol en el mar. Calidez que, una vez más, era engañosa. Según avanzaba el atardecer, se hizo evidente que el lejano temporal estaba cada vez más cerca. Su rumbo era claramente hacia el norte. Fue la señal de que, de una vez por todas, tenía que encaminarme sin dilación hacia la seguridad de Svolvær.

Paseando por Svinøya

Paseando por Svinøya.

Espoleado por el avance del atardecer y la inminencia del temporal, apenas tardé una hora en recorrer los 43 kilómetros de carretera nevada que me separaban de la capital de las Lofoten, donde llegué con las últimas luces del ocaso. Antes de cenar, aún tuve tiempo de atravesar el puente hasta la isla de Svinøya, con la idea de llegar hasta Fiskarkona, la estatua que saluda a los pescadores que faenan frente a Svolvær desde el extremo meridional de la isla de Kuba. Pero no pude llegar. Tras lograr atravesar una zona industrial, que era cualquier cosa menos atractiva, me tuve que rendir ante la nieve que cubría la zona menos transitada del camino. Al final, me limité a dar un agradable paseo entre las casas de Svinøya. Uno de los barrios más tranquilos de Svolvær.

El Polalys en Svolvær

El Polalys en Svolvær.

Devolví el coche, me fui a cenar una pizza a Fellini y después, cargado con mi equipaje, me dirigí a la terminal de Hurtigruten. Recorría los escasos doscientos metros que separaban el restaurante del edificio de la terminal, cuando comenzó a nevar intensamente. Finalmente, me había alcanzado el temporal. Para mi sorpresa, el barco que esperaba amarrado junto a la terminal resultó ser el Polarlys. El mismo en el que había llagado a Svolvær cinco días atrás. Mientras yo recorría en coche las Lofoten, él había tenido tiempo de llegar hasta Kirkenes, junto a la frontera rusa, y volver.

Zarpando de Svolvær

Zarpando de Svolvær.

El Polarlys zarpó puntualmente, a las ocho y media de la tarde, brindándome la ocasión de ver desde el otro lado una maniobra que había visto en numerosas ocasiones desde cubierta. Veinte minutos después de que el barco desapareciera, más allá de los secaderos de bacalao que jalonan la entrada al puerto, era el Kong Harald el que atravesaba las mismas aguas en sentido contrario. Subí a bordo poco después de las nueve de la noche. Comenzaba la penúltima etapa de mi itinerario por el ártico noruego.

Para ampliar la información:

En el blog El Guisante Verde Project hay una larga entrada describiendo un itinerario invernal por las Lofoten: https://www.guisanteverdeproject.com/2020/02/invierno-islas-lofoten-auroras-bacalao.html.

También interesante el post en Viaja por libre: https://www.viajaporlibre.com/noruega/viaje-a-noruega-lofoten-auroras-boreales.

Por último, mencionar la entrada en Tintineando : https://tintineando.com/tromso-islas-lofoten-invierno/.

En inglés, la web oficial de turismo de las islas está en https://lofoten.info/lofoten.

Viajando en invierno, siempre es recomendable visitar la web noruega de información del tráfico: https://www.vegvesen.no/trafikk?lat=68.18723&long=14.16080&zoom=8&listView=false.

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